Tomelloso

Cuaderno para mayores

Memorias y desmemorias de otros días

Las cuatro esquinas

21/11/2007

Recuerdo que, hace muchos años, cuando mi niñez, tuve un amigo. Se llamaba Paco. Y nunca supe sus apellidos. Debe ser que a esa edad, no importaba tanto saber con quién te juntabas. Íbamos al mismo colegio, al San Fernando y tanto a su madre, como a su tía, con las que vivía, las llamaban "las valdepeñeras". Vivían en la calle Alfonso XII, esquina con la de Alcazar, en una casa de varios vecinos que siempre tenía la puerta abierta. Para entrar a su vivienda, había que subir una escalera que arrancaba en la parte derecha del patio según entrabas. Al frente, había un porche corrido y la vivienda de otro vecino. En el patio siempre había macetas. Cada vecino tenía las suyas. Las de la madre de mi amigo eran de barro, compradas, seguramente en el bazar de Villaescusa. Las macetas de la otra vecina eran en tiestos diversos aprovechados para esos menesteres, como botijos en desuso, pucheros de barro sin asa o picados de los bañados de porcelana, botes del tomate o latas de conservas, en fin, cualquier cosa que sirviera para la función, valía. En el buen tiempo, las unas y la otra se reunian en el patio entre las macetas con la costura y así aprovechaban el "rayico" de sol en las piernas o en otra parte, no faltando vecinas de la calle que se unieran al corro con la intención de aprender, que para eso la madre de mi amigo era de profesión costurera, o para criticar al que pasaba y que desde dentro, con la puerta estratégicamente entreabierta, podían ver sin ser vistas.
Recuerdo que la madre de mi amigo era muy "señora". En su casa, siempre vestía bata de seda de colores vivos y siempre estaba muy bien peinada y los labios rojos con el trazo fino. Los ojos también los llevaba pintados, y las manos, grandes y blancas, de uñas también rojas, larguísimas, con las que dudo que hiciera otra cosa a parte de trocearnos las onzas de chocolate Matías López, cuando nos dada de merendar, que yo creo que se aprovechaba de mi presencia para que comiera el milindres de Paco.
Una tarde, cuando nos repartió la torta y el chocolate, nos dijo que nos fueramos a comérnoslo a la placeta con los otros chicos y como nos hacíamos los remolones, de lo bien que lo estábamos pasando en la mesa camilla, donde habíamos montado el campo de batalla de los soldados de goma, tuvo su tía que achucharnos, aprovechando que ella también bajaba a comprar a la tienda de ultramarinos de la esquina, la del hermano Tomasillo. Lo de aquella tarde se me quedó grabado porque hacía frío y a Paco, no le consentía su madre que se expusiera así como así a coger un enfriamiento, que luego le costaba dios y ayuda soltarlo. Así que nos bajamos a la placeta donde siempre había chicos de la vecindad.

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