Tomelloso

Cuaderno para mayores

Memorias y desmemorias de otros días

Las cuatro esquinas

21/11/2007

Recuerdo que, hace muchos años, cuando mi niñez, tuve un amigo. Se llamaba Paco. Y nunca supe sus apellidos. Debe ser que a esa edad, no importaba tanto saber con quién te juntabas. Íbamos al mismo colegio, al San Fernando y tanto a su madre, como a su tía, con las que vivía, las llamaban "las valdepeñeras". Vivían en la calle Alfonso XII, esquina con la de Alcazar, en una casa de varios vecinos que siempre tenía la puerta abierta. Para entrar a su vivienda, había que subir una escalera que arrancaba en la parte derecha del patio según entrabas. Al frente, había un porche corrido y la vivienda de otro vecino. En el patio siempre había macetas. Cada vecino tenía las suyas. Las de la madre de mi amigo eran de barro, compradas, seguramente en el bazar de Villaescusa. Las macetas de la otra vecina eran en tiestos diversos aprovechados para esos menesteres, como botijos en desuso, pucheros de barro sin asa o picados de los bañados de porcelana, botes del tomate o latas de conservas, en fin, cualquier cosa que sirviera para la función, valía. En el buen tiempo, las unas y la otra se reunian en el patio entre las macetas con la costura y así aprovechaban el "rayico" de sol en las piernas o en otra parte, no faltando vecinas de la calle que se unieran al corro con la intención de aprender, que para eso la madre de mi amigo era de profesión costurera, o para criticar al que pasaba y que desde dentro, con la puerta estratégicamente entreabierta, podían ver sin ser vistas.
Recuerdo que la madre de mi amigo era muy "señora". En su casa, siempre vestía bata de seda de colores vivos y siempre estaba muy bien peinada y los labios rojos con el trazo fino. Los ojos también los llevaba pintados, y las manos, grandes y blancas, de uñas también rojas, larguísimas, con las que dudo que hiciera otra cosa a parte de trocearnos las onzas de chocolate Matías López, cuando nos dada de merendar, que yo creo que se aprovechaba de mi presencia para que comiera el milindres de Paco.
Una tarde, cuando nos repartió la torta y el chocolate, nos dijo que nos fueramos a comérnoslo a la placeta con los otros chicos y como nos hacíamos los remolones, de lo bien que lo estábamos pasando en la mesa camilla, donde habíamos montado el campo de batalla de los soldados de goma, tuvo su tía que achucharnos, aprovechando que ella también bajaba a comprar a la tienda de ultramarinos de la esquina, la del hermano Tomasillo. Lo de aquella tarde se me quedó grabado porque hacía frío y a Paco, no le consentía su madre que se expusiera así como así a coger un enfriamiento, que luego le costaba dios y ayuda soltarlo. Así que nos bajamos a la placeta donde siempre había chicos de la vecindad.

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Comentarios:

  • 1. Bueno, me da mucha alegria que un paisano escriba sus recuerdos, yo los tengo siempre a flor de piel, pero casi nunca escribo sobre ellos, bueno algunas veces.....lo que no recuerdo yo es esa casa que hacia esquina con la calle Alcazar....pero es igual.Adios seguiré tus escritos. ILUSION

    Publicado por: ILUSION | 25/11/2007 21:40:42
  • 2. La casa en cuestión, era de "Tres capotes" y que con el tiempo, claro, se fue dividiendo dando lugar a lo que hoy conocemos.

    Publicado por: jjmarra | 27/11/2007 18:57:30
  • 3. La plazoleta estaba nada más cruzar la calle, casi en frente de la casa, en el anchurón de la calle de Alcázar con el arranque de la de San Fernando. Su mayor atractivo para nosotros, a parte del que tenía para el juego, era el comercio de José "el Rayo", donde todos los muchachos del vecindario acudíamos a comprar las galguerías que podíamos, cuando con un mucho de suerte, ganábamos algún "pataco" a las bolas o con el trompo. En la plazoleta, con las bolas o con el trompo había que tener sumo cuidado y saber elegir la partida. Había verdaderos expertos. Gente muy hábil en estos manejos y de reconocida fama incluso por los de otros barrios, con los que los domingos, bien individualmente o formando equipos, "echaban el trompo" o jugaban a las bolas en la plazoleta de San Francisco, donde después de la misa de las 11,00 acudíamos todos los muchachos, a aprender de los mayores las técnicas en el saque o a ver como se partían las "trompas" al impacto certero de un buen "rejonazo"

    Publicado por: jjmarra | 12/12/2007 18:42:21
  • 4. Aquí, en la de San Fernando, siempre se jugaba algo. No importaba mucho qué, pero siempre había algo en juego que nos estimulara a obtenerlo. La mayoría de las veces era dinero. Y dependiendo de la edad de los jugadores que componían el grupo, se jugaba de "perrilla" o de a "pataco" la mano. Los mayores siempre jugaban de a pataco la partida, que a nosotros los pequeños nos parecía que tuvieran prisa en ganar o perder lo que tenían, mientras seguíamos con muchísima atención sus diálogos y expresiones, alucinando con las "pugás" y los "panzones" de sus trompos. Y también, porque no decirlo, de los fallos que cometían, que hacía que en la clasificación particular que cada uno teníamos de nuestro "ídolo", subieran o bajaran en su valoración de ejemplo a seguir. También se jugaba a los "rompes" y a los futbolistas (cromos, en general) A los futbolistas, jugábamos cuando no teníamos dinero que era la mayoría de las veces, ya que siempre no se tenía la suerte de poder sisarle a tu madre alguna moneda cuando te mandaba a comprar a la tienda.
    Unas veces se decía a qué futbolistas se jugaba, dependiendo de la colección o colecciones que cada uno hacía, pero otras veces, era a discreción y allí aprovechábamos para quitarnos de encima las estampillas que ya nadie quería, consiguiendo como resultado de toda una tarde, que cada uno volviera a juntar aunque distintas, la misma furriela que quería haber perdido.

    Publicado por: jjmarra | 12/12/2007 18:58:05
  • 5. Para jugar al trompo, al estar toda la plazoleta empedrada, se disponía de un sitio exclusivo, que era la acera del colegio San Fernando que estaba en la tierra, seguramente desde que construyeron el edificio. Además, siempre tenía humedad debido al salidero de la pila del grifo del agua y a los arriates que bordeaban las paredes interiores del patio, que al estar plantados de "periquitos", cuando llegaba el buen tiempo no les faltaba el agua.
    Para jugar a las bolas también teníamos varios sitios, sobre todo porque las "atinadoras", las "cristalinas", las "marmolinas", los "Bolinches" y las bolas normales de barro cocido, no cayeran en el radio de acción de otras partidas, que siempre había algún listo con buenos reflejos que hacerlas desaparecer era visto y no visto, y aunque pudiera parecer imposible, las canicas volaban.

    Publicado por: jjmarra | 12/12/2007 19:08:17
  • 6. Como digo, había varios sitios donde poder elegir, casi siempre, en las zonas menos escalfadas del empedrado de la calzada, porque así, botaban menos las bolas. El "güá" casi siempre se situaba en la hilada maestra paralela al adoquín de la acera, que daba corriente al tramo de la calzada y que como los vecinos, siempre andaban protestando y mandándonos a nuestras casas a los que no vivíamos por allí con el aquél de que les estropeábamos el pavimentos de las "escarrilás", lo que hacíamos, es que teníamos ya un guijarro suelto y cuando terminábamos la partida, lo poníamos en su sitio tapando el hueco y parecía que aquello los conformaba. A parte de al "güá", también jugábamos al triángulo y para las dos modalidades, el juego podía ser a "uña" o a "mano" compartiendo ambas algunas características como la de "choque y cuarta, dos", el "poder barrer" o en "ni pedir borricate" y para la segunda opción, existía la penalidad de "sacar manga" que hacía que se repitiera la jugada o la invalidaba, según el criterio de los jugadores o del "coraje" que le tenían al infractor.
    Aunque la normativa de juego parecía ser universal, convenía aclarar al empezar algunos puntos que podían derivar a mal entendidos cuando se traspasaban las fronteras del barrio, o del grupo con el que normalmente te desenvolvías diariamente.

    Publicado por: jjmarra | 12/12/2007 19:21:36
  • 7. ¿Que queria decir "pedir borricate" es una expresión que no he oido nunca, y eso que vivia enfrente de un colegio y he visto muchas veces jugar a las bolas en mi acera de tierra. Ilusion

    Publicado por: ilusion | 26/12/2007 00:33:44
  • 8. La expresión no era "pedir borricate" sino "ni pedir borricate". Y no me extraña que no la oyeras nunca puesto que como dije, en cada barrio e incluso en cada partida, por incluirse en la misma agentes de otras latitudes, se empleaban vocablos diferentes para expresar las mimas cosas.
    "Ni pedir borricate" se empleaba para negar cualquier ventaja que durante el juego pudiera solicitar el contrincante que llevaba la "mano" (el que le tocaba tirar) Como por ejemplo, la de "pedir barrer" que consistía en limpiar generalmente con la mano o a fuerza de soplar con la boca, los obstáculos que pudieran impedir que la jugada tuviera buen fin. Contra ello, existía "ni pedir barrer" que lo usaba el contrario que había visto el obstáculo anteponiéndose al que le tocaba tirar. Otra expresión era la de "pedir volver" que se empleaba cuando normalmente el que fallaba la tirada, se lo achacaba a algo ajeno a él y solicitaba repetir la acción. Contra ésta teníamos la de "ni pedir volver".
    También quiero aclarar que todo este vocabulario se empleaba más en partidas poco serias o en las que los jugadores eran más bien de poco fiar. La gente de "clase" normalmente no tenía necesidad de este procedimiento que a fin de cuentas no eran sino marrullerías.
    No sé si he contestado a tu pregunta, yo he intentado hacerlo con la mayor claridad posible.

    Publicado por: jjmarra | 02/01/2008 15:58:14
  • 9. Si, has contestado muy bien a mi pregunta, y me admira lo que sabes de jugar al "gua"seguro que mi marido que es de esa época no sabe tanto,tengo que imprimir todo lo que has escrito para ver si se acuerda de tantas cosas como tu.Adios. ILUSION

    Publicado por: ilusion | 09/01/2008 23:45:48
  • 10. Cuando terminé con la torta y el chocolate, que apenas si paladeé por temor a la agilidad de los mirones que se arremolinaron a nuestro alrededor, me ocupé de que Paco hiciera lo mismo. Luego, más tranquilos todos, unos volvieron a sus trajenes y nosotros, echamos un vistazo por los corrillos para ver como iban las partidas. No nos interesó ninguna. Todos eran mayores que nosotros y evitamos que hicieran con nosotros una escabechina. Entonces decidimos empezar una partida a "no ganar" mientras aguardábamos que llegara algún compañero.
    Estaba libre el "güá" camuflado de delante del portón de la casa de vecinos de la hermana Máxima, junto a la zapatería de Eusebio Espinosa, "Pitusilla", y la buñolería de la Daniela, o de su hijo Daniel, que nunca supimos de cual de ellos era porque dependiendo de quien cortaba las roscas, a ese le concedíamos la gerencia. Nada más destapar el agujero...(Continua...)

    Publicado por: jjmarra | 29/02/2008 18:23:47
  • 11. ... para comenzar la partida, salió hecho una furia "Usebiete" vociferando incoherencias, que pese a su escasa estatura y al poco temor que infligía a los que por alli nos movíamos, en aquella ocasión consiguió que saliéramos de allí a la carrera refugiándonos en el patio de la hermana Máxima. La hermana Máxima, que charlaba más que cosía, bajo el porche, rodeada de sus vecinas y camuflada entre los altísimos geranios, ni se inmutó al vernos pasar. Nos conocía de vernos con nuestras madres y pararnos con ella a parlotear de esas cosas que las mujeres siempre tienen que hablar y más aún, de vernos todos los días jugar delante de su portón, al salir de la escuela. Ya habrían oído a Usebiete vocear y conociéndolo a él y conociéndonos a nosotros, no le preocupó lo más mínimo lo que pasaba en la calle siguiendo su ruque ruque.
    Desde donde estábamos seguíamos oyendo el vocerío. Todos los chicos se habían unido contra él, que viendo que la situación empeoraba, optó por entrar a su refugio cerrando tras de sí con un portazo y temeroso de que algún cristal de los de la puerta, estallase al impacto certero de algún guijarro... (Continua)

    Publicado por: jjmarra | 29/02/2008 18:37:40
  • 12. De pronto, un extraño silencio se apoderó de la plazoleta y curiosos, salimos de nuestro escondite no sin poco temor, para comprobar de lo que se trataba.
    En medio de la calle, impertérrito, con los brazos en jarras y medio espatarradas las piernas, estaba Natalio, y un paso más atrás, su lugarteniente Mauricio. Enseguida comprendimos lo que había pasado, había llegado el defensor de la chiquillería del barrio. Eso, por no decir el más chiquillo de todos. No había nada en el barrio de lo que no se enterara Natalio. Y todo lo que ocurría en él, tenía que contar con su aprobación, para eso tenía sus chivatos que corrían a contarle las cosas enseguida, a los que su padre espantaba con lo primero que se le viniera a la mano. Natalio preguntó a uno de los mayores por el motivo del griterío... (Continúa)

    Publicado por: jjmarra | 29/02/2008 18:52:19
  • 13. ... y éste, que Usebiete había salido de su cubil voceando como un demonio y sin ningún motivo nos había asustado a Paco y a mí. Entonces, nos llamó.
    Venir aquí. Explicaros.
    ¿Pero qué íbamos a explicar? Íbamos a empezar a jugar cuando se nos echó encima como si nos fuera a comer. En pocas palabras contamos lo que había pasado. Natalio comprendió enseguida que con Usebiete no se podía razonar dependiendo de como se le hubiera dado el día y el vino que hubiera ensilado. ¡Mira que se lo he dicho veces! Soltó Natalio en voz alta para que lo oyéramos. ¡Que nadie se mueva! y se dirigió a la zapatería, entrando y cerrando la puerta tras él. Y nadie se movió, efectivamente, porque queríamos oír lo que allí se cocía. Solamente Mauricio, comprendiendo la atención que todo el personal ponía en el momento, se atrevió sigiloso, como de puntillas, a acercarse... (Continúa)

    Publicado por: jjmarra | 29/02/2008 19:04:45
  • 14. ... pero no llegó a la puerta, porque ésta se abrió apareciendo Natalio que dando una palmada al aire, soltó: ¡ya está to arreglao! ¡Bieeeen! Coreamos al unísono los presentes. Y como si hubiera repartido justicia, añadió ¡Podéis seguir con vuestro juego! y Mauricio y él, dándonos la espalda, enfilaron para la calle Alfonso XII.
    Natalio era hijo de Natalio Benasalvas, el herrero, que tenía la fragua en la calle de Alfonso XII frente al horno de la Esperanza y ya tenía edad de trabajar. Por eso acudió tan rápidamente al follón, porque al chivato no le dió tiempo a avisarle. Cuando oyó el griterío, salió corriendo tirando el mandil de cuero porque la bacinería se lo comía. A mí me conocía de verme en la fragua de mi tío, cuando íba él a por algún material o a llevarle a mi tío algún recado de su padre, pero no creo que su intervención fuera por eso, sino más bien, porque ya llevaba algún tiempo sin dar batidas al enemigo,la presencia de Mauricio así se justificaba.

    Publicado por: jjmarra | 29/02/2008 19:19:18
  • 15. Desde la visión de mi corta edad, recuerdo que Natalio me parecía alto, delgado y muy beligerante. Con el término beligerante quiero expresar lo que literalmente significa y también me parece recordar, que solamente una persona era capaz de someterlo y controlarlo, su padre, al que temía como a una nube mala (como decimos por aquí) de lo fácil que tenía la correa o el alpargate; era quien únicamente sabía tratarlo y hacer que se comportara como persona civilizada, porque malo (como se decía de los muchachos, en mis tiempos) era de lo peor del mundo y si se juntaban el y Mauricio, entonces, lo mejor era no pertenecer al bando contrario.
    Lo de la beligerancia de antes, lo decía porque Natalio tenía su propia partida (me refiero a su propia banda, como la de los bandoleros de la sierra, o su propio ejército, que ya no se como denominarlo) La banda la formábamos todos los chicos de la vecindad, de grado o por la fuerza, y considerando vecindad las cuatro u ocho manzanas del barrio dependiendo de la necesidad de reclutamiento según la magnitud de la batalla que se fuera a desatar. El reclutamiento se hacía pregonando el evento por las esquinas y corría a cargo de voluntarios que se presentaban sobretodo para agradar a los altos mandos. Yo me acuerdo de los hermanos Becerra, José Antonio y Vicente, que eran de mi tiempo y que recorrían las calles a galope de caballo o en motocicleta (supuestas) y que nadie como ellos imitaban de lo practicado que lo tenían. A la escuela iban todos los días a “caballo” y hasta simulaban dejarlos atados a la reja de la puerta de la entrada, cuando llegaban. Si don Joaquín los mandaba a preparar la leche del recreo de la mañana al patio, antes de que se cerrara la puerta de la clase y por supuesto antes de ir a recoger las cacerolas de aluminio para tal menester, oíamos desde dentro como se daban una vuelta por la calle del patio con las “motocicletas”, que luego aparcaban apoyadas en la supuesta “pata de cabra” junto a la puerta de la carbonera. Y no digamos si por esas cosas de antigua

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 12:39:41
  • 16. Y no digamos si por esas cosas de antiguamente tenían que salir a la calle, porque los mandaba a la papelería o a cualquier otro sitio, entonces la gozada era mayúscula, alternaban la motocicleta con el cuadrúpedo cuando ya les dolía la boca de tanta pedorreta. Una vez, se quedaron sin gasolina y se les vio venir como si empujaran efectivamente una moto de las de verdad. Parece como si los estuviera viendo. Siempre iban juntos y siempre se repetían, siempre actuaba uno como eco del otro. Yo me llevaba muy bien con ellos, nuestros padres, además de vecinos, claro, eran compañeros en la Sección Adoradora Nocturna de Tomelloso, y mientras asistí a la escuela de San Fernando, solíamos pasar muchos ratos juntos jugando en las cuatro esquinas (y cuando no iban con los caballos, que a mí los que me gustaban eran los negros de Miguel, el de la funeraria)
    Bueno, pues como no podía ser de otra manera, José Antonio y Vicente, se presentaron voluntarios para pregonar la “guerra” y les correspondió hacer el recorrido por San Fernando, Toledo, Alfonso XII y Cervantes, la manzana que coincidía con la de su casa y pregonaron a golpe de “cascos” desde la plazoleta de San Fernando (Alcázar) hasta justo antes de la esquina de su casa porque sentado al fresco, en la puerta de la calle, se encontraba su padre en animada charla con los vecinos más próximos. Esta vez no ataron los caballos a la reja, ni vociferaron que la guerra era inminente y sin cuartel contra la banda del “Habichuelo”. Los dos hermanos quisieron retroceder como intentando no ser vistos, pero ya era demasiado tarde, sin pronunciar palabra, solamente con una señal de la mano, supieron interpretar perfectamente que tenían los deberes sin terminar y que lo primero era lo primero. Cabizbajos, sin rechistar, traspasaron el corro por donde menos molestaban y se encerraron en su casa a terminar la tarea que su hermano mayor les ponía todos los días, porque con las horas oficiales de colegio no tenían bastante.
    Se me ocurre pensar ahora, transcurrido un lustro, la reacción

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 12:47:05
  • 17. Se me ocurre pensar ahora, transcurrido un lustro, la reacción que hubieran tenido hoy dos chicos de siete u ocho años a una señal de su progenitor. Desde luego que muy diferente a la de nuestros José Antonio y Vicente, pero esto lo dejaremos para mejor ocasión, ahora vamos a seguir con la guerra.
    Desde luego, Natalio comprendió perfectamente que José Antonio y Vicente no pudieran llevar a término su misión. Ante tamaño obstáculo había que claudicar, lo sabría él. Mejor que nadie, menudas tundas estaba él acostumbrado a recibir de su padre. Inmediatamente envió a otros dos nuevos pregoneros a realizar la misión inconclusa, que no era sino como digo, vocear en las cuatro esquinas lo de la guerra, para que los espías enemigos fueran a comunicárselo a su Comandante General, José Andrés “el Habichuelo”. Así, solamente quedaba por determinar el día y la hora del ataque, que correspondía lógicamente al promotor, el cual tenía facultad para ocultarla, adelantarla o atrasarla e incluso no llevarla a cabo, si en el último momento los espías calculaban que las fuerzas enemigas eran más numerosas y no había posibilidad de victoria, con lo que sin dar un ruido, se ordenaba a la gente la retirada a sus casas procurando despistar al enemigo, para que éste, pensara que se le estaba preparando alguna escaramuza que no era otra que hacerles llegar más tarde de lo habitual a sus casas para que así, el padre de cada uno les “sobara bien el ato”, con lo que la batalla no se daba por perdida.
    Recuerdo perfectamente que para aquella, mi primera participación en las contiendas entre barrios y en concreto contra las huestes del “Habichuelo”, me organicé mi arma como era preceptivo. Tras el alistamiento, cada uno se debía procurar el arma con el que acudiría el día de la batalla al lugar de reunión para desde allí, pertrechados de armamento hasta los dientes, marchar en formación en busca del enemigo. Unos días antes de la contienda, aparecí por el taller de carretería de mi padre, cosa frecuente en periodo vacacional, ya que siempre es

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 13:21:11
  • 18. Unos días antes de la contienda, aparecí por el taller de carretería de mi padre, cosa frecuente en periodo vacacional, ya que siempre estaba liado fabricándome espadas y pistolas para jugar en la gavillera. Mi padre no me prestó mucha atención, acostumbrado como estaba a acudir a él tarde o temprano para que me proporcionara las herramientas que podía usar para mis trabajos. De entre los recortes y sobras que se amontonaban en el rincón más alejado del taller, pasado el patio y el almacén donde se apilaban perfectamente lo que luego serían las pinas, radios, cubos y varales de los carros y otros tipos de maderas, en lo que tanto mi abuelo como mi padre dieron en llamar “huesario”, escogí dos piezas de carrasca restos de calibrar la pina de la rueda. Tenían forma curva y de allí sacaría dos “alfanjes” como los que había visto en los cuentos del Guerrero del Antifaz. Fabricaría una para mí y otra para mi amigo Paco, que el pobre se quedó muy desangelado cuando Natalio ordenó “con sus armas todo el mundo” y claro, dónde iba Paco a por armas. Se le había ocurrido llevar una escoba de caña pero a mí se me caería la cara de vergüenza aparecer con mi espada flamante y que él me viera con su escoba de caña, vieja. A fuerza de escofina conformé la empuñadura y uno de los cantos de la hoja. Trabajo me costó y estuve a punto de desistir en mi labor un millar de veces a la vista de la dureza de la madera y del escaso avance pese al gran esfuerzo realizado. Al final lo conseguí. Había que reconocer que alguna faltilla me había dejado pero, vistas las armas que muchos llevaban y hacían gala de no haber otras mejoras, con la mía destacaría sobradamente. Me faltaba clavar la cruz del salva manos y no era fácil hacerlo en la madera de carrasca, así que cuando harto ya de que se me doblaran tantos clavos acudí a mi padre para pidiendo ayuda, al verme con tamaño instrumental la pregunta fue inmediata: donde vas con esa “cimitarra”. ¡A la guerra! Contesté yo, sin pensar en más. ¿A la guerra? A la cárcel vamos a ir todos como le d

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 13:26:25
  • 19. A la cárcel vamos a ir todos como le des a alguien con eso. Busca un listón de chopo si quieres una espada para jugar. Yo me quedé sin palabras. No entendía lo de la cárcel. El listón era recto y a mí me gustaba con su curva, como las que sacaban los moros de Alí Kan. Luego, en casa, me explicó que la dureza de la madera de carrasca, aunque un golpe fuerte la pudiera hacer saltar, era capaz no solamente de romper todas las demás maderas con las que las golpearas, sino que un golpe accidental en cualquier parte del cuerpo, podía fracturar cualquier hueso y eso eran palabras mayores. Para comprobarlo, al día siguiente, busque trozos de otras maderas y efectivamente mi padre tenía razón, no conseguí romper el alfanje ni golpeando contra una piedra, al contrario, de los rebotes, era yo el que se hacía daño en las manos. Luego se lo dije a Paco. ¡Tengo una espada irrompible! Y como no se lo creía, lo llevé al taller para que él mismo se convenciera golpeándola contra uno de los adoquines de la acera del taller.
    Con mis dos espadas de chopo llegué a casa de Paco. Eran hermosas. Un poco cortas, me parecían, pero a Paco cuando extendiendo la mano le ofrecí la suya, se le llenaron los ojos de agua. No sé si habrá recibido una alegría mayor en la vida y a mí lo que me pareció es que no le había gustado. Quizás pensó, que la mía era mejor y se ha disgustado. ¡Pero, si son iguales! Le grité, viendo que subía como loco las escaleras de su casa llamando a su madre. ¡Mamá, mamá! Mira lo que me ha regalado Jesús, le dijo, cuando vio levantarse la cortina de la puerta. La madre de Paco, elegantísima como siempre, le dio dos besos a su hijo, seguramente de verlo tan contento y a mí me sonrió desde lo alto de la escalera. No sé que le dijo a Paco a la vez que le pasaba una de sus blancas manos por la cara y luego, se pasó para adentro seguramente a seguir con sus quehaceres diarios.
    Al día siguiente, cuando fui a buscar a Paco, se me atragantó haberle regalado la espada. Delante de mí apareció hecho un cromo. No le faltaba nada ma

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 13:31:25
  • 20. Al día siguiente, cuando fui a buscar a Paco, se me atragantó haberle regalado la espada. Delante de mí apareció hecho un cromo. No le faltaba nada mas que la capa. Llevaba la espada pintada de colores el salva manos y la empuñadura forrada de piel de conejo. La traía colgada en bandolera de un cinturón de cuero ancho con hebilla de hierro, del que pendía una funda de hule, seguramente de una tira del de la mesa de la cocina, por lo desgastado del color y el poco brillo que ya tenía. Me quedé serio mirando el atuendo. ¡Me lo ha hecho mi tita! Lo que más me gustó fue el cinturón. La funda no tenía nada especial, yo la podía hacer mejor, pero el cinturón era más difícil de encontrar.
    La noche la pasé casi sin pegar ojo, ya a última hora el sueño fue más fuerte que la preocupación que yo tenía de localizar los correajes que necesitaba. A otro día, nada más saltar de la cama, le dije a mi madre que me iba al taller. ¡Sin desayunar, no! ¡Cómo son las madres! Siempre pensando en lo que más te conviene.
    En el taller encontraría algo para igualarme con Paco. Tenía verdadera preocupación. La intervención de la tía de Paco había sido de lo más inoportuna, había levantado entre los dos una alarmante diferencia que hacía más importante la indumentaria que el armamento. Algo tenía que hacer y pronto para contrarrestar esa diferencia si quería ir al nivel que el “valdepeñero”.
    Cuando llegué al taller, mi abuelo me estaba esperando con los brazos abiertos. Nada más entrar, parecía que me había olido, ya tenía los “cuartos” en la mano para que fuera a la “Bandola” en la Plazoleta de San Francisco a por un cuarterón de tabaco “picado” de los de liar. ¡Joder! Pensé para mis adentros, cuanto más deprisa, más despacio. El recado lo hice corriendo, antes de lo que mi abuelo se esperaba, y eso que no había echado todavía ningún cigarro desde por la noche que sacudió la petaca. Luego, me dirigí a la cocinilla de las mulas, allí de los arreos desechados que había en las estacas, entresaqué una correa de ramal. La miré. Comparé su flex

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 13:38:35
  • 21. Luego, me dirigí a la cocinilla de las mulas, allí de los arreos desechados que había en las estacas, entresaqué una correa de ramal. La miré. Comparé su flexibilidad con otras y me convencí de que aquella que había elegido era la mejor. Me tomé medida, había que cortar, era cuestión de hablar con el abuelo.
    Mi abuelo, pese a tener un carácter fuerte, que lo usaba seguramente para impresionar a los nietos, en el fondo era como todos los abuelos, al principio un poco distantes pero enseguida se hacía como ellos, como un niño más. Mi abuelo era de mediana estatura, delgado, no sé si porque comía poco o porque la hernia y los dolores de estómago no le permitían más. Hacía ya varios años que se había quedado viudo y su vida prácticamente transcurría en soledad. Por eso, nada más hacerse de día, se levantaba, tomaba un tazón de sopas de leche que le llevaba mi padre calentica en una lechera desde casa y se salía a la puerta del taller en su banqueta, a esperar que transcurrieran las horas sin otra preocupación y otro entretenimiento que el que le daba su amigo José Antonio, el vecino de enfrente, el “hermano Cobo” o el también vecino y parroquiano de toda la vida Jerónimo, el “Chino”, el de un poco más arriba, junto al corralazo.
    Como era de esperar, a mi abuelo lo encontré sentado junto a la portada, a la sombrica, con los pies en la raya con el sol, como tanteando cómo pasaban los minutos mientras consumía uno de aquellos gordos cigarros que se liaba y que se le abrían despanzurrados por el centro dejando caer las briznas de tabaco encendido, que luego le quemaban la camisa. Por eso le duraban tanto los cigarros, porque siempre los tenía apagados. Sin mirar, como sin importarle nada, se pasaba la mano repetida y casi instintivamente para sacudirse las bolliscas. Unas veces llegaba a tiempo, otras no y otras no se le habían caído pero era ya la costumbre lo que le impulsaba a limpiarse.
    Me quedé ante él con el trozo de correa en las manos. Sin mirarme, me ordenó que cruzara la calle a ver qué le quedaba al hermano

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 13:47:29
  • 22. Me quedé ante él con el trozo de correa en las manos. Sin mirarme, me ordenó que cruzara la calle a ver qué le quedaba al hermano Cobo para venir a liar un cigarro con él. ¡Que ya viene! Le dije a mi regreso ¿Dónde vas con el ramal? me preguntó. ¿Puedo hacerme un correaje? ¿Un correaje, para qué? ¡Que se va a la guerra! Contestó mi padre desde dentro, pendiente de mí en el ir y venir desde la cocinilla de las mulas al taller a mirotear por los cajones de los bancos de trabajo buscando algo que no encontraba. Mi abuelo accedió a que me hiciera con aquél trozo de material lo que necesitara. Total, dijo, la Pascuala ya no lo va a necesitar. La Pascuala, era una borriquilla blanca, que mi abuelo tuvo muchos años para ir y venir a las viñas y también para cuando iba a visitar a sus parientes de Campo de Criptana, pero que en una de las sofocaciones que le dio y no fueron pocas, como cuando le hizo venir andando desde Pájara Mansa hasta el pueblo, con mucho dolor de todos los nietos y de él mismo, decidió que ya estaba bien a su edad de disgustos de fácil solución y la vendió. ¿Y ahora, que quieres? Me preguntó al verme a su lado de pie derecho sin decir palabra, cosa por otro lado bastante rara en mí. ¡Pues que no sé con qué cortar lo que me sobra! Y echándose mano al bolsillo del chaleco, extrajo su navaja y tras desplegar la brillante hoja preguntó ¿por donde hay que cortar? La navaja se deslizó por el cuero como acariciándolo, le remató los extremos redondeando los picos y me la dio diciendo, ¡pruébatela! La colgué sobre el hombro y la crucé por mi pecho al modo que había visto el correaje de Paco y le pregunté ¿cómo se ponen las hebillas? Eso te lo tiene que hacer tu padre, que yo ya no tengo fuerza en las manos.
    Seguramente le dolió no poder terminar el trabajo. Se guardó la navaja en el bolsillo del chaleco y con las manos juntas y los brazos apoyados en las piernas, agachó la cabeza quizás pensando que ya la vida no podía reservarle sino una espera lo más tranquila posible, las charlas eternas con los amigos

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 16:35:25
  • 23. Seguramente le dolió no poder terminar el trabajo. Se guardó la navaja en el bolsillo del chaleco y con las manos juntas y los brazos apoyados en las piernas, agachó la cabeza quizás pensando que ya la vida no podía reservarle sino una espera lo más tranquila posible, las charlas eternas con los amigos recordando siempre las mismas anécdotas y el calor de sus nietos cuando se quedaba solo. Yo creía ver en aquella expresión la tristeza de un hombre en declive. Último de siete hermanos, todos ellos rudos, de otros tiempos más precarios, gente muy activa y de dura y muy ingrata profesión en tiempos muy difíciles, con la vida truncada desde que le llegó la fatídica noticia que en Teruel, había caído el mayor de sus dos varones, abatido por una bala criminal. Levantó la cabeza, sacó del bolsillo del pantalón su pañuelo de hierbas y se secó quizás una lágrima incipiente, temeroso de que le nublara la vista o le resbalara por la mejilla. Luego, se caló la boina a la vez que tomaba aire con fuerza y estiró el cuerpo como intentando sobreponerse al ahogo que le producían los setenta y ocho años que ya tenía. ¿Y que guerra es esa que dice tu padre? ¡Contra los Habichuelos! Y ¿vais a ganar? No lo sé, Natalio dice que si ganamos, cogeremos prisioneros y muchas armas. Los prisioneros hay que soltarlos luego ¿no? No lo sé, creo que sí, que luego se van a su casa cuando acabe la guerra. Ten cuidado hijo, procura ir de los últimos, así si hay que volverse, tu irás de los primeros. Vale, padre, eso haré.
    Desde siempre, y ello debió ser por copiar la forma de cómo se dirigía mi padre a mi abuelo, los nietos, le decíamos padre a mi abuelo, cosa que él aceptó de muy buen grado. Así mi abuelo era padre y mi padre, era papa. Mi padre terminó la faena remachándome una hebilla vieja de unos arreos que ya no se usaban y con mi cinto cruzado sobre el pecho, tras dar un beso de despedida a mi abuelo, salí a la carrera de vuelta a casa que todavía tenía muchas cosas que hacer.
    Lo primero, agenciarme un hule para coserme una funda para colg

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 16:40:43
  • 24. Lo primero, agenciarme un hule para coserme una funda para colgar del cinto la espada. Mi madre me cortó una jira del de la meseja de la cocinilla de lavar, que como estaba tan viejo y deslucido no le importó mucho que se saneara. Me preparó una aguja de coser grande y gruesa con hebra de lana, pero yo sustituí la lana por un trozo de “gramantilla” (bramante de cáñamo) y luego me busqué un clavo para ir haciendo el agujero en el hule a falta de la herramienta adecuada, una lezna. Para que mi vaina se diferenciara de la de Paco, puse el brillo del hule para adentro y así lo más lustroso, que era la parte del revés la dejaba vista. También dejé un margen de varios centímetros por todo el perímetro de la funda para hacerle unos flecos. La tita de Paco no tenía ni idea, si pensaba que su sobrino iba a ser el de mejor indumentaria. Volví corriendo nuevamente al taller y mi padre me facilitó una docena de ovalillos y otra de tachuelas de cabeza redonda dorada, que coloqué repartidas a los lados del puño, sujetando un forro de terciopelo rojo que mi madre había rebuscado en la canasta de jirones y retales, de donde luego sacaba las piezas para la casa, nuestras camisas y pantalones o los petos de azulina para el taller, de mi padre. Me quedó de película. Ya quisieran muchos romanos haber salido en el cine con aquél armamento. A la hoja de la espada le pasé la pastilla de jabón de lavar que tenía mi madre en el lavadero y luego frota que frota, le saqué brillo con el estropajo de cáñamo hasta que la madera quemaba y cuando terminé, perecía verdaderamente que era de acero de lo reluciente que me había quedado. No tenía más remedio que ir a enseñarle mi trabajo a Paco. Conté con el beneplácito de mi madre, por la hora, no fuera que viniera mi padre a comer y la liáramos y de una corrida me presenté en la esquina de la calle Alfonso XII. Allí, detuve mi carrera. En la puerta del comercio del hermano Tomasillo, una caja vacía de sardinas saladas (arenques), esperaba la llegada de quien se la había encargado, para hacer de

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 16:45:10
  • 25. la llegada de quien se la había encargado, para hacer de ella seguramente una maceta para el patio. Pero las macetas no precisan tapa, me dije y sin pensármelo dos veces, traspasé la entrada de la tienda levantando la pesada cortina de tela que hacía de la estancia un sitio fresco y oscuro donde había que aguardar unos segundos hasta que la vista se acostumbraba al interior, para ver si había alguien. La hermana Asunción se quedó mirándome. La hermana Asunción, era quien atendía la tienda cuando su esposo faltaba. Era quien tenía más labia de toda la vecindad y le gustaba pegar la hebra con todas las clientas que llegaban. Cuando me vio a mí se llevó una decepción ¿qué iba a hablar con un chiquillo? Hermana Asunción ¿me da usted la tapa de la caja de sardinas? ¡Te la tienes que llevar entera! ¿Es que no es de nadie? ¡No, que ya me he cansado de esperar a que venga el que me la encargó! Bueno, pues me la llevo entera. ¡Yo no quiero una caja de sardinas para los geranios! Me soltó mi madre cuando le propuse hacer un tiesto con lo que a mí me sobraba. Pues para quemar, le contesté yo. ¡Pues pásala al corral y no la dejes ahí, que luego acuden las moscas! Mi madre, cada vez que abría la boca, era una sentencia. ¡Ah! Y tenía casi siempre que llevar razón, era la única forma de sacarle luego lo que tu querías. Con la tapa redonda de la caja de arenques, había pensado fabricarme un escudo. Prácticamente teniendo la tapa ya estaba todo hecho. Hacer cuatro agujeros y poner las dos cuerdas por donde pasar el brazo para sujetarlo. Luego, para que no pareciera lo que era, lo forraría con una piel de conejo que tenía mi madre pegada en la pared del corral para que se estirara, para vendérsela a la pelliquera o dársela a Juaninas a cambio de cualquier menudencia de las que él llevaba en el carro y que a ella le interesara. La tapa estaba nueva, olía un poco a salazón pero si la dejaba al sol hasta el día de la batalla, seguro que se le iría.
    Por la tarde acudí a la herrería de mi tío Jesús en la calle General Mola (Nueva) a q

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 16:49:54
  • 26. Por la tarde acudí a la herrería de mi tío Jesús en la calle General Mola (Nueva) a que José Mari me hiciera los cuatro agujeros que precisaba. ¿Pa que es esto? Es un escudo. Huele un poco ¿no? Sí, pero ya se le irá. Es un escudo vikingo y los vikingos andaban mucho con el pescao. ¡Ya! Si quieres le pongo una chapa de hierro pa que parezca de verdá. No, que no voy a poder con él. ¡Ya! Bueno, pos te hago los bujeros. Sí, ahí donde los he marcado. ¡Ya!
    En un periquete mi primo José Mari hizo los agujeros en una máquina enorme con unas poleas gigantescas que movían unas correas deshilachadas que para que no se salieran de la pista le había pasado una pastilla de grasa parecida a las de jabón de lavar, pero muy sucia. La correa, cuando se puso la máquina en marcha, hacía un ruido como si fueran los palmetazos que daba don Serafín. Eran los empalmes y como tenía varios, cuando las poleas funcionaban parecía que acompañando a José Mari en la faena, hubiera alguien más animándolo dando palmas.
    José Mari, era un par de años mayor que yo. Cuando llegaban las vacaciones su padre se lo llevaba al taller y así lo tenía controlado, que gente ociosa no podía tener buenos pensamientos, decía él. Era el que me sacaba de apuros cuando necesitaba algo que yo no pudiera agenciarme y por descontado del uso de cualquier máquina. No es que me estuviera vetado usarlas, es que nunca se me hubiera ocurrido poner en marcha el taladro o la piedra de esmeril en el taller de mi tío, porque todo aquél tinglado realmente impresionaba. José Mari era un artista para lo que quería y siempre iba muy por delante de mí. Para terminar el escudo, en lugar de hacerme cuatro agujeros, me hizo solamente dos, por donde introdujo los dos extremos de un cordelillo de los de la mies al que tras varias vueltas, ató por dentro, dejando hueco suficiente para meter yo en brazo y donde debían ir los otros dos agujeros, me clavó el asa usado como tirador de la puerta del corral del taller, que cuando no lo vio ninguno de los operarios, se le ocurrió quitárselo

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 16:54:21
  • 27. se le ocurrió quitárselo a la puerta para hacerme a mí mejor servicio. ¡Ya lo tienes! Cuando lo vi casi se me saltan las lágrimas. ¡Se puede mejorar! ¡No, que no tengo tiempo! ¡Así está perfecto!
    Cuando me despedí de mi primo, se le quedó cara de mal pagado. Él hubiera querido que me quedara más tiempo haciéndole compañía pero, debía ultimar mi equipo por si nos daban la orden de prepararnos para el ataque. Tras darle las gracias, le prometí una visita en breve más larga que la actual. Si le hubiera dicho que me estaba preparando para la guerra, él se hubiera ofrecido voluntario también, solo por defenderme, pero comprendía que estando sometido a la vigilancia de su padre, lo mejor era no acarrearle problemas.
    Bueno, pues ya lo tenía todo. Con el escudo, la espada con su funda y el cinturón de bandolera, estimé que el equipo para la primera contienda podía darlo por terminado y con esas, lo puse fuera del alcance de mi hermano menor escondiéndolo en la carbonera de la fragua vieja de mi abuelo, colgándolo tras la puerta, donde era difícil que mirara.
    Me fui para casa de Paco, a ver si tenía noticia sobre la cuestión en la que llevábamos trabajando los últimos días. Paco estaba jugando sólo, entre las macetas del patio de su casa con los soldaditos de goma. No, no tenía noticia alguna sobre el acontecimiento bélico, teníamos que esperar aunque los nervios minaran la moral de la tropa. Además tampoco había visto pasar a los espías hacia el taller de Natalio a traerle noticias sobre el enemigo. Todo estaba aparentemente en calma. Me despedí de Paco dejándole el encargo de que me avisara al menor movimiento extraño, para no perdernos detalle de todo aquél jaleo que se avecinaba.
    Transcurrieron los días sin novedad hasta que, cuando menos lo esperábamos ya, un voceador, de los que iban por las esquinas llamando al personal dando gritos en clave para que la gente mayor no sospechara nada, pasó corriendo por la esquina de la calle Cervantes con Alfonso XII y dirección a la de Toledo. Paco y yo no entendimos lo que

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 16:59:33
  • 28. Paco y yo no entendimos lo que decía pero luego, preguntando a otros mas destacados que nosotros, nos aclararon que esa tarde habría reunión en la plazoleta cuando los mayores estuvieran libres de las faenas laborales. Se darían instrucciones y se harían los grupos para asignar los capitanes de cada uno. La batalla ya se olía, se notaba en el ambiente y la gente se enardecía por momentos conforme la chiquillería iba acudiendo a la plazoleta. Natalio llegó rodeado por su Estado Mayor. Mauricio “Lulas” entre ellos. Creo recordar que también estaba el “Cordelero” uno de los Piñeros, un “Cuco” (de los Pedrazas, del puesto de melones de la calle José Antonio) Lope, el “Chino” con su guardia personal (el equipo de fútbol Real Madrid que él tenía y cuyos integrantes le seguían ciegamente) y muchos, muchos más que ahora se escapan de mi memoria. Natalio distribuyó los cargos y separó los grupos poniendo al frente de cada uno a un capitán. Luego nos ordenó a todos ir a buscar nuestras armas y a varios de su guardia, los mandó al taller a por las que él había preparado y que repartiría entre los que no se habían agenciado ni un mal sarmiento. Lo que más abundaba eran palos y cañas de las escobas. Varas, de ramas de morera también había muchas porque en aquella época se llevaba mucho criar gusanos de seda y ya que te subías al árbol pues aprovechabas y cortabas algunas ramas para hacer arcos y flechas.
    Atila no hubiera reunido un ejercito mayor ni también pertrechado como el de Natalio, en tan poco tiempo. Conforme iban llegando nuevos combatientes se iban agregando a los grupos menos numerosos con el fin de que fueran todos más o menos homogéneos. Los hijos del “Rayo”, sacaron de la tienda las cajas de cartón vacías que su padre plegaba y amontonaba detrás de la puerta para cuando la clientela necesitaba hacer paquetes, sobre todo para los que tenían hijos en la mili para mandarle el “bulto” con la “Torrera”, y con ellas, algunos, hasta donde alcanzaron, se confeccionaron armaduras, con lo que el volumen iba en aumento p

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 17:04:32
  • 29. con lo que el volumen iba en aumento por momentos. Nos pusimos en marcha. Paco y yo marchábamos en el último grupo. Yo pensé que la suerte me acompañaba porque íbamos los últimos y me acordé de lo que mi abuelo me había dicho, pero no le dije nada a Paco. Por la calle Alfonso XII los capitanes comenzaron a hacer un ruido con la boca que al poco, todos imitamos. Era un ¡Uh! ¡Uh! ¡Uh! ¡Uh! Que la gente que nos veía se asustaba y la que venía en dirección contraria a la que nosotros llevábamos, se volvía para evitar que lo arrolláramos. Verdaderamente aquél gentío daba miedo. Torcimos a la izquierda al llegar a la calle José Antonio. Fernando el pescadero salió a la calle a ver que pasaba y su hijo que estaba en la pescadería para llevarle a la clientela los encargos, al vernos a Paco y a mí, se unió a nosotros. Su padre lo llamaba ¡Fernandito! ¡Fernandito!, pero Fernandito no le hizo ni caso. Doblamos también por Veracruz para tomar la Plaza del Mercado, baluarte y cuartel general del enemigo. Allí no había nadie. Natalio desplegó sus fuerzas. Unos tiraron por la derecha siguiendo Veracruz tras él. Otro grupo rodearía el edificio del Mercado por la derecha, otro, por la izquierda y un cuarto, cerraría la entrada de Veracruz por José Antonio y avisaría a los demás si el enemigo llegaba. Pero todo se desarrolló en un abrir y cerrar de ojos. El enemigo se nos echó encima. El “Habichuelo” a la cabeza, mandoble en mano, sin un ruido, nos copó. A los últimos nos tomaron prisioneros y casi a arrastras nos sacaron del grupo de mayores que se había colocado en primera fila para defendernos a los más pequeños. A Paco y a mí nos desarmaron y nos amagaban porque llorábamos por nuestras espadas.

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 17:09:28
  • 30. A Paco y a mí entre otros muchos, nos desarmaron y nos amagaban porque llorábamos por nuestras espadas ya arrancadas violentamente de nuestras manos. A Fernandito, lo quiso uno mayor que él retener pero se soltó y le arreó una castaña tremenda tirándolo contra el suelo. Los que nos sujetaban a Paco y a mí al ver la destreza y la fuerza demostrada por Fernandito y que se dirigía a por ellos, nos soltaron y entre el barullo, los tres salimos como pudimos dirigiéndonos derechitos a la pescadería buscando refugio. Desde allí, veíamos el voy que vengo de uno y otro bando. En una de las acometidas de los nuestros, Fernandito se percató de la presencia del que llevaba mi escudo y mi espada y como un valiente, salió hacia el chico que sin darle tiempo a comprender lo que le pasaba se vio suspendido en el aire a la vez que recibía la orden de soltar lo que no era suyo. Cuando recuperé mis armas, a Paco le prometí para que no llorara más una espada nueva el día siguiente y Fernandito, también lo consolaba diciendo ¡si a lo mejor pasa por aquí, como el otro!
    La batalla fue un éxito. Primero nos dieron “pal pelo” pero luego, cuando Natalio consiguió reunir los tres grupos desplazados con el que nosotros formábamos parte y “Lulas” capitaneaba, la huida del enemigo fue a la desbandada. Se recuperaron un montón de armas y entre ellas la de Paco, que aunque estaba cascada se podía arreglar. Fernandito se hizo de un palo más alto que él y grueso como el de una “varijá” y Natalio con sus capitanes, decidieron llevarlo todo a la plazoleta en donde se haría el reparto de todo el botín de guerra ganado al enemigo.
    “Lulas” nos buscó a Paco, a mí y a todos los demás compañeros que caímos ante el ataque a traición del enemigo para felicitarnos por la defensa heroica que hicimos de la retaguardia de nuestra formación y a Fernandito, que se había venido acompañándonos hasta la plazoleta, al que elogió por su valiente intervención, sin la cual, no hubiera sido posible cerrar la huída en desbandada del enemigo. Realmente, la intervenció

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 18:09:47
  • 31. Realmente, la intervención de Fernandito fue de película. Fernandito era unos meses más joven que yo pero el doble de desarrollado y tenía una fuerza descomunal. Levantar a su enemigo por encima de su cabeza era la mayor amenaza que se le podía dar al mejor contrincante y esa era la forma que él tenía de pelear, atemorizar al contrario en el cuerpo a cuerpo y claro, todos procuraban esquivarlo o huir ante su presencia.
    Cuando el reparto terminó, acabaron también los vivas y las voces. La vecindad ya estaba hartándose del vocerío y los más pequeños empezamos a retirarnos a nuestras casas, temerosos de que nuestras madres vinieran a buscarnos. Yo me despedí de Paco y de Fernandito y éste último, me pidió que le guardara el palo porque si llegaba a su casa con él o iba a la lumbre o como decía él, a lo mejor lo estrenaba. Cuando llegué a mi casa, acababa mi padre de lavarse en el patio para cenar. ¿Habéis ganado? Me preguntó. ¡Sí! Ha sido una victoria total, mañana se la contaré al abuelo. ¡Bueno, de eso ya hablaremos antes tu y yo! Ahora lávate bien que mira que pestuzo que traes a arenque.
    Durante la cena, mis hermanos se apartaban de mí por el olor a sardinas saladas que despedían mi camisa y mis pantalones. ¡Antes de irte a la cama, te sanjuanas! Me había gritado mi madre al verme llegar. Pero todo aquello para mi no tenía ninguna importancia porque yo, tenía la cabeza en otro sitio.

    Publicado por: jjmarra | 03/06/2008 18:13:33

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