Sus calles y sus gentes
CON el PRÓLOGO-EPÍLOGO de mi libro cuyo título ha dado nombre a este Blog [TOMELLOSO, SU RAZÓN DE SER] -Sus calles y sus gentes-, el mismo ha finalizado; y con él el resultado de unos años de trabajo. Si mi propósito de dar a conocer a las nuevas generaciones de Tomelloso antiguas vivencias de nuestro pueblo -sus calles, sus gentes y su idiosincrasia- ha cubierto su objetivo, lo celebraré infinitamente. Todo lo he hecho en homenaje, desde la distancia, a mi querido pueblo y a sus gentes, a las que os llevo en el corazón.
Finalizado el mismo, sería una pena que este portal quedara parado, y es por ello; que he decidido continuar utilizándolo conjuntamente con mi otro Cuaderno (ALAMBOR).
En éste reflejaré todo lo relacionado con nuestro pueblo, mientras que en ALAMBOR dejaré constancia de mis artículos de Opinión, los cuales también aparecerán en los Cuadernos CiudadanosdeCastillaLaMancha.net pues han sido seleccionado para tal fin por Europa Press.
Si el objetivo ha sido cubierto, lo celebraré. Espero que mis observaciones y opiniones sigan mereciendo vuestra atención.
Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA
al_hanbor@yahoo.es
"Amamanto a mis hijos con sangre de mi tuétano,
por eso en todos ellos resplandece mi alma;
son forjados a prueba de viento y tempestades
para que nunca lleven en el alma una mácula".
“Gigante Joven” Enrique Monsalve Almodóvar
NOTA DEL AUTOR
He dejado para colofón final de mi libro TOMELLOSO, SU RAZÓN DE SER,lo que en realidad es su comienzo. La dedicatoria a los míos[mi esposa, mis hijos y mis nietos] que el no ser de Tomelloso, han llegado a comprenderlo y a quererlo como si fueran nativos. Esa es mi alegría, pues alguno sin alarde, y en silencio ha dejado constancia de su cariño, sin esperar nada a cambio; pero yo lo sé, y se lo agradeceré eternamente.
Desde que mie buen amigo, el laureado poeta José González Lara tuvo conocimiento de mi trabajo se interesó por él, dado su cariño hacia nuestro pueblo. Era, por tanto, obligado de mi parte ofrecerle la oportunidad de prologarlo, y así lo hizo.
En él, se aprecia el profundo cariño del poeta por las cosas de nuestro pueblo, y su conocomiento del entorno.
PRÓLOGO
Mi amigo Juan Manuel ha escrito su libro. El libro es tan suyo, que se le reconoce por su epidermis y por el alma puesta en desenfado. Me ha pedido que le escriba el prólogo a las páginas que describen como fue y cómo es Tomelloso y sus razones. Y ¿para qué?. Él quiere abrir la puerta de su Tomelloso y enseñarle al que llega, los trastos del laboreo, las cosas del fuero y también sus razones. Lo mismo te reciben con la boina y la blusa negra como con el sombrero de bonete. Porque se entra en un pueblo de contrastes, de buen juicio, y de honrada vigilia en el trabajo. Conozco al Tomelloso de Paco García Pavón y al otro de mi amigo Rogelio que ha hecho del arado viñador instrumento de gloria para mullir tierras y tierras por Marta o por Pinilla, por no decir más término.
A Juan Manuel le sale su Tomelloso por todos los poros -mejor digo- por todas sus calles, y así le pasa, que al conocer palmo a palmo su corazón como pueblo, y no digamos su historia, puede en cualquier momento recomponer la comedia, el drama o el sainete costumbrista y montarlo en cualquier calle o plaza para gozo del paisanaje. Y estoy seguro que no le hará falta ningún Dibildos para crear la escena, porque acostumbrada está la calle hoy para recibir cualquier representación con aplausos.
- ¿Cuál es, la razón de ser de este Tomelloso? Le pregunto al autor. Y él me contesta:
- Su desarrollo. Ahí lo tenéis.
Nos enseña el pueblo sin muchas dudas: calle por calle, casa por casa, patio por patio y bodega por bodega... Porque todo está visible, todo a mano, incluso el gallo en el corral que anuncia la mañana; la perdiz enjaulada para el menester del reclamo; el cerdo en la cochiquera dispuesta ya para la matanza de otoño; el perro y el gato libres, que son connotaciones vivas de familia.
Nuestro amigo puede fácilmente presentarnos una Zarzuela costumbrista, de las que solía escribir Federico Romero en La Solana, para que la llevara al pentagrama aquél Pedro Echevarria Bravo, que tenía genio de músico de primera y se murió sin componer su propia oración de muerte.
No sé, pero hay algo que me parece no haber leído, ¿o sí? A través de sus páginas, algo relacionado con sus catacumbas; que no serán Catacumbas del siglo I ni del V ni del XVI, que se iniciaran por voluntad de Martín Sánchez, Aparicio Quiralte o Andrés López, hombres viejos que eran capaces de entrar en las entrañas de los tomillares y crear allí las catacumbas para guardar sus vinos.
El libro que prologamos es un libro entrañable que el lector va a leer con gusto, porque el libro es uno más de los suyos. No hay pregunta que no tenga contestación al canto. El autor todo lo ve y todo lo sabe, y además es generoso con la memoria. Un aplauso por cuanto dice de la calle del Campo, y cómo trata la calle de los Carros, que es pura travesura de redacción, recogiendo a los hermanos Montalvo oriundos de La Solana, que continuaban vendiendo higos una vez recogido el puesto del mercado.
Y no quiero entrar en la tertulia con el veterano Maura y José Lara ‘el medio’, aquél joven que hacía poco -dice el autor- había regresado del frío en el “Semíramis”... después de hacer la guerra, no es esa mi tarea.
En Tomelloso no hay casa que no tenga su arríate y su higuera en el patio. Es un motivo romántico que acarician las familias manchegas. Una tarde, dos tardes, tres tardes, muchas tardes; en una mesita el vino y entre cuatro amigos, desnudando la inocencia de don Celedonio, nos divertimos para criticarle el alma, o de la que es dueña del corazón de don Serafín, el analista, con esto la tarde es gloria y La Mancha es media resurrección que disfrutamos.
Mi amigo Juan Manuel se ha lucido con su libro. Ha terminado dándonos la completa del libro de Tomelloso. Seguramente el callejero de ayer y el de hoy se encuentran con las mismas esencialidades. Estoy con el autor que sabe dónde está cada cual.
Esa es una sabiduría que a muchos se nos escapa cuando queremos descubrirle al pueblo su gozo y su fervor de penitencia.
José González Lara
MINISTERIO DE CULTURA
Registro Gral. de la Propiedad Intelectual
Nº 00/2006/4017 - 1ª Inscripción
R.D.L. 1/1996, 12 Abril
[La reproducción de cualquiera de sus textos, lleva implicita la referencia del nombre del autor]
"Pueblo ancho y bajo, de riguroso nivel, que apenas es leve espuma sobre el llano sin concesiones". Dice nuestro escritor por excelencia, al referirse a nuestro querido pueblo.
Bonita definición, que en los tiempos actuales puede producir una sensación de irrealidad, consecuencia quizá del momento actual por el que atraviesa nuestra ciudad en lo que a edificaciones se refiere. Es cierto que ese ‘riguroso nivel’ produce la impresión de una rigidez lineal desde la distancia, pero al adentrarnos en él comprobamos que en su lógica evolución, se nota que ya nada es igual que pudo serlo ayer.
Cuando ya mayores, al añorar tiempos pasados, no tenemos en cuenta que entonces si poco o nada había, a partir de ahí dábamos rienda suelta a nuestros anhelos; y al contar sólo con nuestras propias fuerzas, lo conseguido era considerado un éxito comunal. Y ews entonces cuando su realidad actual enlaza con aquellos 'momentos decisivos', que el ilustre paisano anhelaba para el pueblo púber de mediados del pasado siglo.
Cierto es, que sobre la base de sus peculiares raíces, la evolución de nuestro pueblo se consigue a través del esfuerzo mancomunado de toda una sociedad empeñada en sacarlo de su ostracismo. El resultado, sorprendente, es posible que a comienzos del pasado siglo pudiera parecer pura utopía. Un siglo XX que comenzaba su andadura con un censo de población alrededor de los 14.000 habitantes y que lo finaliza superados los 30.000, denota una fuerza interior que dice mucho y bien de la capacidad de esfuerzo y lucha de una raza, que a través del diario quehacer ha sabido hacer realidad algo que posiblemente, nuestros ancestros nunca llegaron a imaginar.
Pero siendo mucho lo conseguido, cabe pensar que ello no es todo; queda tanto por hacer, que bueno sería que en el reencuentro con nuestros orígenes convenir que junto a aquellas inquietudes iniciales por la supervivencia surgió aquel afán receptor-difusor, y a través de él se fue creando un caldo de cultivo del cual emana esa reacción cultural y comercial, perfectamente consolidada cuando finaliza el siglo XX.
Nuestra joven historia ofrece halagüeñas perspectivas, continuadoras de aquella época que se inicia con don Francisco, aquel olvidado Obrero que tanto amó a su pueblo, se amplía con Francisco García Pavón, Paco Adrados, Francisco Carretero, Antonio López Torres, Juan Torres Grueso, Eladio Cabañero o Félix Grande; los hermanos López Martínez [José y Ángel] ó Antonio López García, predecesores de nuevas generaciones, algunas hoy día ya consolidadas. Ellas son garantía de una feliz continuidad, a la vez que confirman que en todo tiempo aparte cepas y vino, existieron otras inquietudes que perfectamente encauzadas han permitido situar a este Gigante Joven un día glosado por Enrique Monsalve Almodóvar, a niveles insospechados.
Por lo que a mí respecta, únicamente añadir que con esta pequeña obra trato de hurgar en la memoria de mis paisanos vivos pasajes, quizá algunos de su propia historia; una historia en cierto modo heroica, pero sobre todo rica en vivencias que nos sirvieron a todos para curtirnos de cara a un futuro que en general se apreciaba incierto, pero que sirvió de base para dar forma a nuestra propia razón de ser, la misma que años después hacía exclamar entusiasmado al sureño Julián Márquez Rodríguez:
Quédate en esta tierra, caminante...
¡Piénsatelo! No sigas adelante
sin descubrir lo que llevamos dentro...
Amor tendrás si con amor acudes...
Quédate con nosotros, no lo dudes;
¡La Mancha es buen lugar para el encuentro!
Si las nuevas generaciones de nuestro pueblo consiguen calar, y lo hacen con fuerza, tal como dice nuestro Juan Torres Grueso, hallaran siempre esa rama nueva que es garantía de continuidad y así; al profundizar un poco más en nuestra pequeña historia aprenderán a amar, más si cabe, a este Gigante Joven en constante evolución.
Si lo he conseguido me consideraré pagado, si fallé en el empeño lamentarlo; y al estilo de los comediantes de la antigua farsa; perdonad mis muchas faltas.
PERO este libro memorando no quedaría completo sin la referencia simpática, entrañable, de algunos sucedidos de aquella época heroica de la posguerra que, lógicamente, forman parte del ser y estar de nuestras gentes. Las mismas, que en concordancia con el pensamiento de Azorín, tienen o tenían, largas horas de sobra, sin perjuicio de que pudieran llegar tarde.
Eran tiempos en que la vida se deslizaba en cierto modo de forma lenta, siempre igual; y, consecuentemente todos los días, ver las mismas caras y el mismo paisaje y oír las mismas palabras, aquella quedaba imbuida de la natural monotonía.
Plenamente identificado con el maestro, es mi opinión, nuestro pueblo no podía ser una excepción, y lógicamente, en mi pequeña obra se reflejan junto a sus calles, personajes auténticos, habituales del día a día; cuya vida quizá gris en su uniformidad, difluida si se quiere, pero vida al fin; y que al revés que en las grandes ciudades se la ama más, se la ama fervorosamente, se la ama a veces apasionadamente. Yo en eso, tampoco habría de ser la excepción.
Es cierto, que ya en algunos capítulos aparecen algunos sucedidos, hechos que en su conjunto conforman el resumen de un tiempo que ha servido para modelar una idiosincrasia perfectamente definida. Anécdotas como la del jefe de los municipales con su peculiar "sor Toledo"; o con el caso de "las bombillas". O el de "la puerta"; o el del hermano Benito con su amigo "Cerolo" [apodo ficticio lógicamente] cuya buena relación les llevaba hasta compartir cama y mujer. O el del "feo"; y, dentro del mundo del fútbol, la del entrañable Berrocal con su particular "Gainsa". Y aquella propuesta presidencial, sin olvidar la ‘distraída’ excursión a La Solana... o la de Toledo.
Pero, también existen curiosidades cuyo recuerdo bien merece su referencia, al menos en homenaje a sus protagonistas; y entre ellos Licinio Cañas, aquel probo empleado municipal, hombre pulcro y aseado -utilizaba manguitos en la oficina, reminiscencias de los viejos tiempos-. De buen decir y cuidada cultura; era uno más del equipo municipal que dirigido por don José Alcázar como secretario, se completaba con los Granero, Díaz-Cano, los hermanos Cabañas, Manolo y Doroteo, José Roselló, Ceferino Román, Ramiro Díaz, Eladio Rodríguez, Antonio Vadillo, Hermilo Mazoteras y el incombustible Andrés Naranjo, ‘Nini’ para los amigos, botones por excelencia.
Por entonces, salvo centros oficiales, bancos, casinos y escasos domicilios particulares, pocos más disponían de calefacción central. Los demás, de cara al invierno se aprovisionaban buenamente como podían de sacos de picón para el brasero, carbón de piedra para las estufas, tarugos para los hornillos y ‘cocinas económicas’, y cepas y paja para el fuego.
Nada más lógico pues, que si alguien en la calle encontraba alguno de estos combustibles, realizara su particular gestión; y así, el bueno de don Licinio una tarde a la salida del trabajo, que entonces los Ayuntamientos trabajaban por la tarde, se dio de bruces entre la tienda de César y el bar Alhambra, con un labrador que al regreso de su faena en el campo venía con una carga de leña a lomos de su pollino que a duras penas podía avanzar entre aquellos célebres corros, ya formados desde temprana hora. Rápidamente se dirige a él, y con su esmerada dicción -de la que hacía gala- se interesa por la carga y su precio; con tal enjundia y prosopopeya que el buen labriego queda en suspenso, mientras que con la mirada le da entender que no, que no ha entendido nada. En la misma línea, nuestro hombre insiste:
- Estimado labrador, incasable talador de lo forestal: ¿qué precio deseas obtener por ese puñado de arbustos que gravitan sobre los escuálidos lomos de ese cuadrúpedo?
La reacción no se hizo esperar, nueva cara de sorpresa del buen hombre, unas palmadas sobre las ancas del pollino y... ‘Arre burro, que este tío está loco’, y siguió su camino tranquilamente ante el estupor del bueno de don Licinio.
En otra ocasión, de buena mañana me dirigía a Argamasilla de Alba y justamente debajo de la ventanilla de la estación me encuentro con un billete de 100 pesetas; antes de pedir el billete me agaché y como no había nadie en la sala, todos estaban ya en el frío vagón, se lo comenté al factor mientras me entregaba el billete, le di el número del teléfono de mi jefe por si alguien le preguntaba y me lo guardé mientras le comentaba: Hoy se ha convertido en realidad el viejo dicho de que al que madruga, Dios le ayuda. Tranquilamente Sampér, el viejo jefe de estación, mientras me devolvía 40 céntimos de la peseta que le había dado para pagar el billete, me respondió sentenciosamente:
- Bueno... eso está bien, pero el que perdió las 100 pesetas madrugó más.
Regularmente, por necesidades de mi trabajo me desplazaba de manera periódica a la vecina villa argamasillera, ello me facultaba una buena relación aparte la profesional, con jóvenes de mi edad; entre otros con Pedro Amat o Antoñito Rodríguez. En uno de estos viajes, me propusieron que el equipo de aficionados del que yo formaba parte, nos desplazáramos el domingo para jugar un partido con ellos; nos pagarían el viaje de ida y vuelta, merendaríamos juntos y a la noche a casa de regreso. Aceptada la propuesta, el domingo siguiente a las cuatro de tarde nos desplazamos en el viejo trenillo los componentes del equipo, y algunos amigos más. Éramos un buen conjunto del que formábamos parte, entre otros los hermanos Jiménez, Longinos, Pepe Ciges, Jurado, Javier Soubriet, Jesús Coronado, Andresito el polero... Nada más llegar nos dirigimos andado hacia el campo que estaba a la salida del pueblo en dirección hacia Peñarroya y Ruidera, y allí a la vera del río Guadiana jugamos nuestro partido, ganamos y cuando tranquilamente nos dirigíamos a la habitación que hacía de vestuario cayó una lluvia de piedras sobre nosotros; tal, que apenas nos dio tiempo a recoger nuestra ropa de calle y salir corriendo a campo traviesa, hasta llegar a las afueras del pueblo, y una vez allí continuar en paralelo a la vía del ferrocarril hasta llegar a Tomelloso. Ya en la pared de la Granja de Alfonso Espinosa, frente al antiguo Mirasol, nos terminamos de vestir y así pudimos entrar en el pueblo medianamente presentables. De los gastos del viaje y de la merienda nunca más se supo.
En otra ocasión, era 1944. El día 2 de mayo, aparte Madrid en algunos otros sitios hacían fiesta también. Era la oportunidad de recordar pasadas gestas y, lógicamente, mantener enhiesto nuestro prurito de pueblo bravo. Aquella mañana Pepe Albiñana, ‘Pona’ para los amigos [que eran todos] y yo, botones ambos en la Jefatura de Falange y en el Frente de Juventudes; comentamos con el Secretario Manolo López Contreras, la posibilidad de no acudir por la tarde a la oficina, pues habíamos quedado Pepe y yo en jugar un partido de fútbol y merendar con las chicas después como colofón de la agradable tarde.
El bueno de Manolo encogiéndose de hombros, nos manifestó que él nada sabía, ignoraba si acudiría Abelardo y que además, consideraba inoportuno llamarle para eso; en su caso, ya avisaría él a mediodía si iría o no. Al respecto nada dijo este, pero nosotros en nuestro interés y ante la perspectiva de una tarde de holganza, decidimos por nuestra cuenta. Teniendo en cuenta que el tiempo aun estaba algo inseguro, y la calefacción se continuaba encendiendo aunque floja; ni cortos ni perezosos a la hora de marcharnos dejamos la caldera bien cargada de carbón y repuesta de agua.
La tarde continuó espléndida, nosotros lo pasamos mejor que bien; ni siquiera nos acordamos de la calefacción pese a que mayo aparecía con toda su pujanza. Cuando sobre las ocho de la tarde regresábamos todos, chicos y chicas, tan contentos por la calle de don Víctor, a la altura de La Madrileña el espectáculo para los dos pasó de comedia a drama; ventanas y balcones abiertos, las luces encendidas denotaban que sí, que también aquella tarde era laboral; dando ejemplo, el jefe había acudido como un día de trabajo que era. La jefatura, que estaba en el Casino de San Fernando, después de una tarde espléndida de sol y con la “ayuda” de la calefacción, la temperatura superaba los 30º. Nuestra entrada fue apoteósica, todos en mangas de camisa, empapados en sudor y el Jefe hecho un basilisco; una bronca monumental y la decisión firme por su parte, de que aquel año ninguno de los dos iríamos de Campamento. Con el tiempo aquello quedó en pura anécdota, y, al igual que en años anteriores volvimos a nuestro habitual divertimento a la sombra de aquellas pobladas choperas del Campamento del Cristo del Espíritu Santo, en Malagón.
Con blancura de jazmín
cubre el monte y la llanura,
y arabescos de finura
borda en el muerto jardín...
PRECIOSO comienzo del poema LA NIEVE de otro ilustre paisano, el juez con alma de poeta Nicolás Palacios cuya obra, si aún existe, sería merecedora de mejor suerte. Bueno sería, por tanto, investigar al respecto, habida cuenta que este hombre pasó por la vida, por avatares que no son del caso, como de puntillas. Se ignora tanto de él como poeta, que sin temor a equivocarme, me atrevo a asegurar que pocos paisanos hoy día, aparte algún familiar suyo, conocen de su vena poética.
Hablar de Tomelloso y su plaza, o sus calles y de sus gentes, sin hacer mención de sus cinturones de circunvalación, supondría ignorar aquella función previsora años ha sabiamente concebida; en unos tiempos en que pensar en el actual sistema circulatorio pudiera parecer una quimera.
Desde siempre el paseo de Circunvalación era el lugar de reunión de infinidad de jóvenes. En él pudieran producirse toda clase de aventuras. Algunos carretones, camiones luego, que procedentes de la estación se desplazaban por el largo paseo central camino de la bodega, en tanto que por sus paseos laterales algunas personas mayores al caer la tarde distraían un rato de charla o se acercaban para ver la obra de López Torres ante su célebre carro y sus aperos y, como fondo cualquier "parcilla".
Mientras, los críos dedicados a martirizar aquellas frondosas moreras de las que al tratar de libar el néctar del sabroso fruto, unos hacían caer inmersos entre la arboleada en tanto que otros, desde el suelo, agitaban sus ramas hasta conseguir el preciado fruto: la sensual mora. Se sabía que este largo y terroso paseo se llamaba de Circunvalación, y como tal se ejercía; dada la facilidad que sin pasar por el centro, a los vehículos de la época les permitía llegar a su destino con mayor celeridad.
Pero en honor a la verdad, hay que decir que por entonces lejos estábamos de imaginar la transformación experimentada en el curso escaso de medio siglo. Una evolución que se inicia con la creación de la barrida del Carmen, continúa con la inauguración del Estadio Municipal, y en la medida que produce la extensión de la ciudad van desapareciendo aquellas eras y huertas de nuestra juventud; que a partir de Espoz y Mina existían al final de la calle del Monte, así como la huerta del hermano José ‘Chichaca’ al final de la calle Castillo, junto a las eras de la familia Peinado, que antes de llegar al paseo estuvo asentada durante tantos años. Otra carismática huerta era la de ‘La Niña’, al final de la calle Santa Rita. Con la desaparición de las mismas, resulta inevitable la añoranza de una época en la que, pese a todo, el tranquilo discurrir del tiempo les imprimía un aroma, ahora evocador por tantas cosas, de aquellos que un día sí y otro también pateábamos sus explanadas.
En su lugar nuevas calles o prolongación de las que ya existían, que ahora llegan hasta el emblemático paseo, y algunas lo sobrepasan. Y en su derredor, el florecer de viviendas primero y locales comerciales después ha dado lugar a una transformación verdaderamente sorprendente; sobre todo para los que vivimos aquellos tiempos. Su aspecto, absolutamente cosmopolita, se complementa perfectamente con aquel pionero barrio del Carmen, el ya histórico Estadio Municipal o la Escuela de Artes y Oficios, a cuyo alrededor han proliferado infinidad de establecimientos comerciales.
Centros docentes y serviciios que transformaron la antigua barriada, de innegable influencia agrícola, hasta convertirse en una zona eminentemente comercial.
Desaparecido el legendario San Isidro, La Estación también, allí se inicia el paseo de Circunvalación -hoy Avda. de Antonio Huertas- con la Escuela de Artes y Oficios y el eBarrio del Carmen a la derecha y al frente, haciendo esquina con el paseo de San Isidro la bodega de José Lomas y a cotinuación la tejera “Pichele” que llegaba hasta la esquina de calle Concordia. Si en su conjunto este paseo ha experimentado una espectacular evolución, este primer tramo en especial ha evolucionado totalment. En aquellos extensos terrenos han florecido bonitos edificios; locales comerciales y viviendas que son fiel exponente de esa innovadora evolución comercial y urbana del nuevo Tomelloso, impregnando de un colorido especial una zona donde no hace tanto sólo había que oscuridad; precursora de de una expansión cuando enlaza con la Avenida de Juan Carlos I hasta unirse con la carretera de Toledo a Albacete.
En el moderno Parque de La Constitución se ubica con motivo de las fiestas patronales, todo el conglomerado ferial. Ello permite el disfrute de tan acogedor lugar a todos, vecinos y amigos foráneos. Los nuevos edificios que rodean el Estadio e Institutos confieren al entorno una fisonomía moderna y activa; así hasta llegar a Los Charcones donde termina, y a partir de ahí las nuevas barriadas de El Pilar y Nuevo Tomelloso en la carretera a Ossa de Montiel dan la impresión de continuidad a la antigua Cruz Verde.
Este primer cinturón que se inicia en la calle Madrid, según se viene por la avenida de la Virgen de las Viñas, continúa por Claudio Coello y a la altura de Aparicio Quiralte dobla a la izquierda por Manterola, enlaza con la del Altillo atravesando García Pavón para continuar por la renovada calle de la Estación que finaliza en la explanada de lo que en su día fue estación del ferrocarril, que al continuar por el paseo de su nombre, atraviesa el de San Isidro donde se inicia la Avenida de Antonio Huertas, antiguo Paseo de Circunvalación, que enlaza con Juan Carlos I, allá en Los Charcones hasta llegar a Bravo Murillo, Asia y Santa Amalia, que tiene su comienzo frente a la calle Madrid, junto al Parque Urbano Martínez. Son entre quince y dieciocho minutos de recorrido que permiten un perfecto enlace con cualquier punto de la ciudad a través de sus principales arterias y calles adyacentes.
El crecimiento continuado de todas sus zonas aconseja nuevas previsiones y así surge un nuevo cinturón que permite imprimir una mayor agilidad, a la vez que evitar el intenso tráfico rodado exterior, en su mayor parte vehículos de carga pesada, a la vez que agilizar el tráfico interior. Si tomamos como base de desvío, esta vez desde la carretera de Pedro Muñoz por la antigua carretera de Argamasilla de Alba, a la altura del Polígono 28-D al llegar a la avenida del Príncipe Alfonso [antiguo Canal] se toma la nueva vía de circunvalación que enlaza con la avenida de Niort hasta desenbocar en la Autovía de los Viñedos.
Como es lógico este tiene unas previsiones más a largo plazo, en especial la zona Este que en estos momentos es la más despoblada. Las demás denotan un activo crecimiento, al punto que algunas calles alcanzan los límites de éste, incluso otras lo superan. Más a la derecha, el desvío de la carretera N-310 supone la garantía de un cómodo futuro en lo que al transporte pesado se refiere.
Años después, ya fallecido el hermano Andrés, y Alejandro responsabilizado de todo lo concerniente a la hacienda familiar, también de la administración, todo continuaba por los cauces normales. Todo menos la relación íntima del joven matrimonio, al menos en la forma que Alejandro deseaba.
Por supuesto que doña Isabel no puso en marcha su antiguo proyecto; continuó viviendo junto a los jóvenes, y consecuentemente la influencia de doña Isabel sobre la hija era cada vez más intensa, circunstancia que de forma inconsciente por parte de Aurora propiciaba aún más el enfriamiento de algo que inicialmente tan buenos augurios presagiaban, su matrimonio por amor.
El tiempo transcurría lento, con esa lentitud a veces agobiante, natural de los pueblos que ensimismados en la rutina diaria quedan supeditados a la paciente espera de la llegada de un nuevo día; ello, naturalmente, ocurre cuando las faenas en el campo pierden su fuerza y premura. Madre e hija invariablemente dedicaban las tardes a visitas de cumplido, menos los jueves que recibían ellas, el domingo era día de precepto, y después de misa de once Alejandro preparaba la tartana y se marchaban a la huerta donde pasaban el resto de la jornada. Durante la semana, todas las mañanas incluida la del sábado, Alejandro las dedicaba a realizar las gestiones relacionadas con la propiedad, atento como estaba a las necesidades de la misma, según la época del año.
Después de comer, después del café de sobremesa se marchaba al Casino donde asistía a una tertulia hasta las siete de la tarde, hora en que regresaba de nuevo a casa a la espera de Salustiano que le informaba de las novedades del día. Después de la cena recibían alguna visita o la realizaban ellos, esta vez sin doña Isabel, pero eso sí, el enfriamiento entre ambos se acentuaba de forma inexorable.
Una visita de compromiso prevista de antiguo a un matrimonio amigo que residían en el pueblo vecino, animó al matrimonio a llevarla a efecto el sábado próximo. En principio la idea era pasar únicamente la tarde, pero al comunicarlo a los amigos estos les convencieron para que pasaran con ellos la noche; ello modificaba en parte su proyecto ya que al pasar la noche fuera doña Isabel habría de acompañarles, circunstancia que ella celebró pues así tendría ocasión de saludar a su amiga Juanita, la madre de Andrea.
En definitiva, que muy de mañana Alejandro después de preparar la tartana, puso los arreos a la mula joven y la enganchó. Ya todo preparado, doña Isabel fue a poner el pie sobre el pescante, cuando algo extraño sucedió; el animal emprendió una intempestiva marcha, con tan mala suerte que doña Isabel al perder el equilibrio, en la caída recibió un golpe en la cabeza que le produjo la pérdida de conocimiento, dos días después sin haber superado el coma, falleció. El sepelio fue multitudinario, pues tal era el nivel social de la familia.
Fue en el momento de recibir las condolencias cuando Aurora notó que los hombres, al dar el pésame a su marido le murmuraban algo al oído y que éste correspondía con una leve sonrisa y unas breves palabras que ella a pesar de estar juntos no percibía con claridad. Cuando días después, ya pasados los funerales, en el curso de la sobremesa en la acogedora salita ante un aromático café, Aurora como de pasada, le dice a Alejandro lo que había observado la tarde del entierro, y le pregunta la razón de su leve sonrisa cuando agradecía las palabras, que ella creía eran de pesar.
Ante la inesperada pregunta Alejandro se toma su tiempo, y como restando importancia le comienza a explicar a la mujer que todos, sin excepción, a la vez que le daban el pésame le susurraban al oído:
- Alejandro... te compro la mula.
Pese al dolor reciente, Aurora sorprendida no pudo reprimir una estruendosa carcajada. Tan inesperada ocurrencia no hubiera pasado de la pura anécdota, a no ser que la mujer intrigada por aquella extraña sonrisa del esposo, insistiera en conocer la razón de la misma. Alejandro, sin descomponer la figura, y a pesar de lo embarazoso de la situación, comienza a hablar con parsimonia y tratando de poner su nota de humor, pese a que no era ese su sentir:
- Pues, yo... les decía que de momento no..., que me iba a esperar, a ver si había suerte...
[Cabe pensar que lo manifestado por Alejandro, lejos de tratar de ofender a su mujer; era el deseo de continuar la broma, y con ella la posibilidad de reconducir la relación entre ambos, ahora con toda la vida por delante y sin obstáculos por medio. Pero...]
Un instante de sorpresa, y el semblante de la mujer se transformó. Una trágica mueca ensombreció su rostro y a la inicial explosión, siguió un tenso silencio mientras un hierático rictus mitad tristeza y mitad soberbia, inundó su rostro; y así continuó por el resto de su vida. A partir de aquella misma noche, y hasta que la muerte les separó durmieron en habitaciones separadas.
Transcurrieron los años, y al fallecimiento del esposo Aurora si fue capaz de poner en práctica el proyecto que su madre no fue capaz de realizar. Pignoró la hacienda -incluida la mula-, la casa familiar y desapareció.
Aquella humilde mula que un infausto día -irracionalmente- le llevó a descubrir que el amor, en su diversidad, permite compaginar sentimientos nobles que encontrados, pueden llegar a provocar el fracaso de un ideal por el cual el ser humano lucha y muere, si hace al caso, desde la noche de los tiempos.
Lejos. En la capital, rodeada de soledades Aurora rumiaba la eterna duda; si después del tiempo transcurrido junto al ser amado, ella -en su inconsciencia- había sido la causa del fracaso de una ilusión cuyo inicio era portador de tan halagüeñas perspectivas, y desembocó en tragedia arruinando su matrimonio por amor; y recordaba y evocaba al hombre honesto de ilimitada ansia, que con su amor le entregó lo mejor de sí mismo sin esperar nada a cambio.
Y ahora, en el crepuscular ocaso, repasaba absorta pasajes de su vida en los que halagada por el amor del hombre humilde, que perdida la esperanza se marchó en silencio... pero amándola. En la melancolía, ella, como el poeta; en aquellos momentos podría escribir los versos más tristes esa noche...
La mujer, en su fuero interno experimentó gran satisfacción, pues vio en Alejandro al hijo varón que nunca tuvo; en él depositaba la esperanza de renovación, el impulso de la savia nueva necesaria para insuflar renovados aires de una hacienda que saneada, acusaba ostensiblemente la edad del esposo. Obvio es decir que el joven fue aceptado con satisfacción. Tanto él como su familia gozaban de la estima general, pues sabían de su honestidad y capacidad de trabajo.
Llegado el momento de la boda, convinieron que el nuevo matrimonio ocupara la planta alta de la casa familiar, mientras que los padres continuarían utilizando la planta baja; sin perjuicio de que durante el día la convivencia fuera en común. Aurora quedó encargada de dirigir el cuerpo de casa, dos criadas de toda la vida que sacaban adelante las faenas de la casa en tanto que la madre, fiel a su norma, cuidaría todo lo relacionado con bancos, pagos a proveedores y demás.
El tiempo transcurría con la lentitud propia de los pueblos, en determinadas épocas del año; ocupados cada cual de su cometido. Alejandro poco a poco se iba imponiendo en todo lo concerniente a la hacienda, pues de aquella el hermano Andrés desde la boda se fue desentendiendo. De común acuerdo, Alejandro y el gañán decidían lo más aconsejable y así se hacía. La estabilidad económica familiar permitía un ritmo de vida cómodo en el que no faltaban veinte días de veraneo -ahora en Alicante-, de cuyas playas doña Isabel especialmente, había quedado prendada desde la única vez que estuvo el pasado año.
Así y todo, la intimidad del joven matrimonio se reducía a la soledad de la alcoba, ello unido a que los hijos no llegaban en Alejandro se producía una gran desazón; más de una vez llegó a evocar aquella poesía con la que tan intensamente se identificó aquella lejana noche, y que al querer ser como su padre
... buscó entre las hijas de su hidalga tierra,
una mujer como su madre era,
la dulce compañera...
y así hasta llegar a saber en qué se basa la dicha más perfecta. A la sensación de fracaso se unía la dependencia de Aurora hacia su madre, hecho que acrecentaba su frustración, pues en el fondo se sentía manipulado si bien sutilmente, por doña Isabel.
Aparte la intimidad de la alcoba, los momentos de evasión de Alejandro transcurrían en su despacho. En él, rodeado de libros, esperaba la llegada de Salustiano el mayoral, del que recibía informes de la faena del día a la vez que entre ambos planeaban todo lo concerniente al día siguiente. El hermano Andrés, desentendido por completo, se entregaba a sus dos únicas pasiones: la tertulia de la mañana, y después de comer su partida de truque en el Casino. Alejandro estaba plenamente identificado con él, no así con doña Isabel que sin haber tenido nunca una palabra fuera de tono con ella, ambos mantenían la distancia. Algo que ponía de los nervios a Alejandro era la excesiva verborrea de la anciana.
Un día, ya estaban en la sobremesa, estaba próxima la vendimia y hacían cuentas para después organizar los días de veraneo, Alejandro proponía a los suegros que ellos se marcharan antes, y así poder disfrutar de más tiempo, ya que realmente ellos poco hacían en el pueblo aquellos días. De pronto, la suegra, de forma intempestiva y dirigiéndose a Alejandro, va y dice:
- Pues yo, ya le he dicho a éste. ‘Este’ era el hermano Andrés. El día que uno de los dos nos muramos, yo me marcho a vivir a Alicante; compro un apartamento y en verano se viene la niña conmigo.
La ‘niña’ era Aurora.
(continuará)
CARROS a pares, que mientras uno queda en la viña para ser cargado el otro inicia su camino hacia el lagar, para una vez vacío retornar de nuevo para ocupar el puesto del otro que ya cargado, emprenderá su marcha con la dorada carga. Es el resultado de veinticuatro horas de trabajo en el que su podían transportar diez o doce mil kilos de uva, una cantidad que hoy día cualquier tractor que se precie realiza en un sólo viaje.
Así el ceutí Luis López Anglada, en la línea de nuestro Juan Torres Grueso, llega a "calar"; y lo hace con toda su fe, hasta lo más profundo de nuestro ser, y exclama en su Canto a la vendimia:
¡Vendimia de septiembre! Poesía
que quiebra por milagro la distancia
que hay del sol al cristal, cuando hilo a hilo,
se escancia el oro en transparente asilo.
A la vendimia traje el corazón, y ahora,
sé que se hizo mi sangre un ancho río
de luz ardiente y de canción sonora.
Ya por entonces, el animoso mozo se había comprado un ciclomotor, de pequeña cilindrada pero que le permitía una vez terminada la jornada regresar al pueblo para asistir a unas clases nocturnas de alfabetización, que le permitirían obtener su Certificado de escolaridad. Terminadas las clases un rápido paseo con los amigos, un beso a la madre, para rápidamente regresar al corte para continuar al día siguiente con la faena, junto a la cuadrilla.
Uno de aquellos paseos propició el feliz encuentro. Se cruzaron con un grupo de chicas conocidas, oportunidad que aprovecharon para distraer un rato en animada charla. De aquel encuentro nació una buena relación con una de las jóvenes que le agradó sobremanera; no pasaba por alto la diferencia social entre ambos, una diferencia que a veces establece barreras en muchos casos infranqueables, pero que en aquel momento para el joven era cuestión de tiempo; tan seguro estaba. Lucha de clases que generalmente derivaba de situaciones económicas, sin tener en cuenta valores personales de una u otra parte, que Alejandro plenamente convencido, estaba seguro de poder superar un día.
Cuando terminaba la vendimia se producía un cierto impasse, un tiempo muerto que algunos terratenientes, no todos, aprovechaban para pasar unos días de asueto, la mayoría para "tomar las aguas"; los de Archena o Fortuna en tren; y los de la región, Fuencaliente, El Peral, Santa Cruz o La Hijosa, cargaban la tartana o el carro entoldado y en él, junto a lo necesario para una o dos semanas, se desplazaba toda la familia, y de tal forma reponían fuerzas y salud.
Los padres de Aurora, así se llamaba la joven, aquel año marcharon hasta Santa Cruz de Mudela, donde existía un Balneario del que tenían muy buenas referencias; y es que, realmente, lo que pretendían era descansar y para ello nada mejor que aislarse del entorno evitando con ello el contacto con los conocidos del pueblo, que de coincidir siempre había lugar a reuniones que pudieran entorpecer el objetivo previsto: El descanso.
La ausencia de la joven le producía a Alejandro una extraña sensación y evocando al poeta se había dejado el alma entre aquellos ‘pámpanos de amor y de rocío’. Más ahora, cuando las faenas del campo languidecían por un tiempo, el joven echaba de menos a la bella Aurora de la que sin apenas darse cuenta se había enamorado perdidamente. Pensaba, al disponer ahora de más tiempo, en la posibilidad de intensificar su relación, y a su vez que durante la ausencia, el posible contacto con otras personas pudiera enfriar aquellos inicios que él consideraba tan halagüeños. Pensamiento quizá precipitado, pero lógico en la mente del joven, que en aquellos momentos sólo tenía ojos para ella.
Cuando unos días después le dieron el resultado del último examen, al comprobar que había conseguido el anhelado certificado planeó la posibilidad de desplazarse hasta el Balneario sin saber siquiera donde estaba aquel; mucho menos cómo sería recibido por los padres de ella, o por ella misma habida cuenta que hasta el momento sólo existía una buena relación de amistad. Pero la ilusión del mozo no conocía freno, superados los posibles prejuicios preparó el viaje, y al día siguiente muy de mañana moderno quijote en el pequeño ciclomotor, iniciaba un ignoto camino con el propósito de comunicar a la joven verbalmente la buena nueva; -esa era la justificación que él mismo se daba-. Pero en el fondo aspiraba a que la misma pudiera influir d forma favorable en la joven, a la que cada día que pasaba consideraba más suya. De su mente surgían proyectos que realizarían en común, ¡y eso sin haber iniciado un compromiso!
Distraído con sus disquisiciones, cuando después de cuatro horas de camino y en la creencia de haber llegado a su destino, paró su pequeño ciclomotor y en un pequeño riachuelo que pasaba a la derecha de la carretera se zambulló literalmente en él, quería aparecer fresco y lozano, pero... ¡oh sorpresa! al entrar en la pequeña aldea se apercibió del error, aquello no era lo que él creía su destino, estaba en El Peral, pequeña aldea próxima a Valdepeñas, y todavía le quedaban más de 20 kilómetros de camino.
Cuando por fin llegó era próxima la hora de la comida, para Aurora fue una sorpresa, no así para los padres que consideraron la llegada como un hecho circunstancial, más aún cuando se enteraron que había obtenido el Certificado de escolaridad, y pensaron que la razón de su presencia se debía al deseo de celebrarlo descansando, igual que ellos, lejos de conocidos. Normal por tanto, que los días que por allí anduvo les visitara, siempre después de comer. Solían pasear los cuatro por los alrededores, alguna vez ellos solos; así hasta que la víspera del día previsto para el regreso doña Isabel, la madre, le invitara a comer. Fue la ocasión que Alejandro aprovechó, ya a los postres, para hablar a los padres de Aurora de la verdadera razón de su presencia allí, que ahora sí que les sorprendió.
No obstante, tanto el hermano Andrés como doña Isabel reaccionaron de forma elocuente; consideraban, y así se lo hicieron saber a Alejandro, que no eran ellos sino Aurora, la que debía tomar la decisión, y que la que tomara ellos aceptarían de buen grado.
Los padres de Aurora eran un matrimonio a la antigua usanza; agricultores de tradición, es decir, descendientes de familias en relación directa con el mundo agrícola de antiguo. El hermano Andrés dirigía personalmente la saneada hacienda, si bien con la ayuda de un mayoral de toda la vida en el cual tenía depositada toda su confianza; él se encargaba la contratación de personal, según la época o las necesidades de labor de las diferentes propiedades: viñas, cereales, huerta... Doña Isabel, de temperamento vivaracho y autoritario; acostumbrada como estaba a tomar decisiones, igual respecto de la casa como de la hacienda; hecho natural por entonces, si se tiene en cuenta esa especie de matriarcado que existía en las zonas rurales donde el cabeza de familia por razón de su trabajo permanecía ausente durante las horas del día.
El hermano Andrés, ya mayor, era asiduo de varias tertulias; pero en especial la de la mañana cuando se pasaba por el taller de Julián, un zapatero vecino, y allí en unión de otros asistentes daban forma a una peculiar tertulia la cual terminaba cuando doña Isabel aparecía por la puerta avisando que la sopa del cocido estaba ya en la mesa. La singular personalidad de ella contrastaba con el temperamento del marido, hombre de palabras justas. Por el contrario, ella, menuda de estatura, muy comunicativa; de gran parecído con una actriz de carácter italiana, muy popular por entonces, llamada Tina Pica. Por derivación, era conocida por "doña Sabela", que era el nombre del personaje que la actriz encarnaba en sus series cómicas.
(continuará)
"El horizonte largo de
La Mancha labriega...
Juan Torres Grueso.
EN La Mancha, hubo un tiempo en que sus pueblos reposaban plácidamente asentados sobre hábitos que rutinarios, eran el fiel exponente de una tradición fatalista de sus gentes, y de forma especial las de nuestro pueblo, aun en el convencimiento de su necesaria evolución. Fue necesario tal como un día preconizara lúcidamente Francisco García Pavón, afianzar ese concepto de equipo del que tan lejos estaban por entonces las gentes de Tomelloso.
Su propia lentitud, esa que Azorín cita, y que en su opinión es la causa de que en los pueblos sobren las horas, les llevó a pensar que la anhelada evolución, que de producirse; sería sobre la base del esfuerzo propio -nunca mancomunado-, y así se comienza en Tomelloso. Pero andando el tiempo habría de imponerse la realidad, y el trabajo en equipo vendría a confirmar la idea del preclaro hijo.
No obstante, la primera impresión que podía producir al extraño mutaba a medida que calaba en la idiosincrasia de sus pueblos. Y es que La Mancha, en su diversidad, ofrece contrastes que analizados con parsimonia -así es el sentir de nuestras gentes- permite distinguir circunstancias análogas en su conjunto y sin embargo discordantes, incluso entre pueblos aledaños.
Concretamente nuestro pueblo, si nos remontamos a comienzos del pasado siglo XX, vemos que era apenas una premonición de su realidad actual; y ello a pesar de que ya por entonces existían movimientos aislados que tendían a la anhelada evolución. Pero a diferencia de otros pueblos vecinos, el nuestro carecía de ancestrales costumbres, casas solariegas o linajes nobles. Cabe pensar que nuestros ancestros intuían de sus posibilidades, pero basadas sobre la realidad del trabajo diario pensaban que de conseguirlas sería como consecuencia del esfuerzo personal no mancomunado; acostumbrados como estaban a sus soledades.
Una característica tan peculiar era la consecuencia de una fusión heterogénea de costumbres, tan distintas y dispares, imposibles de improvisar. Se hacía necesrio, aparte el correspondiente poso, del revulsivo capaz de alumbrar modos y normas de conducta que sin desdeñar las del entorno llegaran a dar forma a un carácter sui géneris y que éste arraigara en el ánima de los aquí nacidos. Y aquellas gentes, que en su incansable lucha sobre una tierra tan inhóspita fueron capaces de moldear esa raza, a su vez les inculcaron la realidad del esfuerzo diario condicionado por la necesidad de crear vida en tierra tan desasistida. Fruto de todo ello se alumbró el caldo de cultivo, cuyo fermento produjo un carácter austero por necesidad y ahorrador por consecuencia. De ahí su realidad actual, resultado de esa capacidad de adaptación de sus gentes al entorno, que aún inhóspito, aprendieron a amar desde el momento mismo de nacer.
Personalizar relatos sobre familias de tipo medio, fiel exponente de una realidad, resultaría prolijo aún cuando a través de ellas se pueda reflejar de forma nítida la evolución del conjunto; una evolución que se produce sin más ayuda que el propio esfuerzo, y a través de él llegamos al momento actual en el que junto a la lucha diaria en pos de la superación constante, nuestras gentes consiguen compaginar físico y mente y de su fusión emerge ese inusitado interés cultural capaz de consolidar, ya supera el medio siglo, un clásico Festival literario cuya contrastada calidad mantiene enhiesta aquella primigenia ilusión de continuidad y buen gusto.
Si nos remontamos al segundo tercio del pasado siglo, una vez superados aquellos luctuosos hechos, veremos que van surgiendo jóvenes promesas continuadoras de aquellas otras ya mencionadas, que con el tiempo se convierten en espléndida realidad y que a su vez habrían de ser el nexo capaz de insuflar carácter a temperamentos forjados en la realidad del diario quehacer.
Componente de aquella generación, Alejandro no era la excepción. De humilde cuna, apenas asimiladas las primeras letras hubo de abandonar el colegio ya que su aportación económica al núcleo familiar era necesaria y, consecuencia de ello su destino quedaba trazado: un puesto de zagal hasta
alcanzar la categoría de peón dentro del complejo mundo agrícola. El trabajo del campo marcaba normas cuya rigidez hoy día un tanto suavizada, se complementaba con unos medios de transporte rudimentarios; pero normas al fin, que obligaban al labrador a permanecer de quintería toda la semana, cuando no la quincena. Ello como consecuencia de una extensa propiedad que no se limitaba al propio término; pues éste, tal como ahora, resultaba exiguo. Normal por tanto, que las extensas propiedades se desperdigaran a lo largo y ancho de otros términos vecinos.
Testigos del ajetreado devenir son los clásicos bombos, muchos dentro del término, y cuyo origen continúa siendo motivo de estudio hoy día. Tiempos adelante, serían las quinterías las que vinieran a suplir a tan rudimentarios aposentos inundando el horizonte de nuestra Mancha labriega. Casas de labor que propias o ajenas, en ellas se compartía cuando cesaba el trabajo, al menos en invierno, las alegres trasnochadas a la espera del sueño reparador, preámbulo de la nueva jornada cuando las claras del nuevo día asomaran por el horizonte.
De regreso al pueblo el sábado a la tarde, se iniciaba una lucha contra el tiempo; mientras unos alimentaban a los animales otros repasaban los aperos. Concluida la tarea se llevaba a las caballerías al herradero, mientras que en la fragua se ponían a punto los desgastados utensilios de labor. Ya todo en orden, para después del cine quedaba la visita a la peluquería que pudiera prolongarse hasta la madrugada del domingo, pues lógicamente durante la semana o la quincena, el aseo personal se limitaba a despejarse la cara en el cubo de agua fresca recién sacada del pozo o de la noria.
Todo ello lo vivía Alejandro con una cierta obsesión. En su fuero interno estaba convencido que su papel en la vida estaba llamado a superiores empresas; y a su búsqueda dedicaba todo el tiempo libre en la seguridad de que un día habría de recibir la compensación que tal esfuerzo merecía. De momento, su menguada cultura ponía límites a ilusiones y proyectos, sorprendentes dada su edad, pero que tenía la seguridad de conseguir. Su falta de cultura era el hándicap que lejos de amilanarle, le servía de acicate para durante las largas trasnochadas en la quintería, y mientras los compañeros después de la cena se dedicaban a comentar chismes o sucedidos de la semana anterior; él a la luz del candil, devoraba uno tras otro cuantos libros llegaban a sus manos. Era su propósito adquirir una dosis de cultura, imprescindible que le permitiera disfrutar de un nivel de vida digno.
Un día llegó a sus manos un libro de poesías que le cautivó. Entre ellas, una especialmente; su autor, el poeta épico lírico José María Gabriel y Galán. En ella narraba amorosamente las virtudes de la mujer, ama de casa, madre y labriega, primorosamente plasmadas en su creación poética El Ama. De tal forma que Alejandro la llegó a idealizar, y en su mente quedó grabada aquella mujer sencilla y capaz a la espera del momento oportuno, seguro de que llegado ese día él sabría actuar en consecuencia.
A medida que la situación familiar evolucionaba, el desarrollo físico e intelectual del joven adquiría adecuada consistencia y, consecuentemente, la natural metamorfosis sorprendía dentro del propio entorno; apenas terminaba su jornada de trabajo el aseo personal era prioritario, si en el campo o en el pueblo una vez atendidas las caballerías lo primero era arreglarse para la ronda si en el pueblo o bien para descansar más fresco; y en verdad que su aspecto difería de los demás.
El mes de septiembre cambia por completo los esquemas habituales de trabajo en el campo; el cambio de ritmo complementa el intenso trabajo con el escaso tiempo de descanso; se ello se une los lentos medios de transporte de la época, este mes junto a mayo, eran fechas clave para el feliz resultado del año. Este último, con sus devaneos atmosféricos marcando la bondad o ruina de las cosechas, y septiembre imprimiendo tras el ímprobo esfuerzo [por razones obvias] una celeridad inusitada en la recogida de la cosecha. Es tiempo de vendimia,
... ya dio alegre el fresco otoño
la señal de la vendimia.
Exclama jubiloso Meléndez Valdés, que a través de su poema anima a que:
Las cestas, pues, se preparen,
ordénense las cuadrillas
y al campo salid gritando;
¡Honor al dios de las viñas!
Buenas mulas sí... Ellas junto a vendimiadores, pisadores y carreros forman parte de ese abigarrado mundo en el que por unos días en perfecta amalgama, se convierten en actores principales de una desaforada lucha contra el tiempo; y es el sevillano Antonio de Trueba en su obra "El libro de las montañas" quien refleja nítidamente, el bullicio y alegría de esos días en el que se aparca el descanso para dar paso a la actividad inusitada de la vendimia:
¡Pero mirad qué alegres,
mozos y mozas,
invaden los viñedos
desde la aurora!
"Mis lares fueron siempre solar de Don Quijote,
que pasó por los campos enristrando su lanza...
Canto a Tomelloso. E. Monsalve Almodóvar.
Aun cuando inicialmente mi propósito era reflejar, a través de sus calles el espíritu y afán de superación de sus buenas gentes; en la remembranza han ido surgiendo nombres -ello quizá fuera inevitable-, que continuadores de aquellos que a partir del primer tercio del siglo XVI y hasta el XIX inclusive fueron los artífices del inicio vital de este ‘gigante joven’. Sus continuadores, digo, fueron los que un día cogieron el testigo e hicieron posible su floreciente realidad actual
No sería justo, por tanto, aun cuando sólo sea como referente, omitir aquellos que a lo largo del pasado siglo han sido capaces de configurar la estructura, bien cimentada, por supuesto, de este pueblo siempre joven y en constante renovación, cuyo ímpetu le lleva a ocupar un lugar puntero en el conjunto de nuestra Mancha inmortal. Cada uno en su lugar, desde el más humilde jornalero, que con ímprobo esfuerzo ha sido capaz de transformar tanto erial en tierra si no fértil sí generosa, hasta aquellos otros que con su intuición comercial fueron capaces de complementar agricultura e industria, y cuyo resultado fue la acreditación de sus marcas comerciales en el ámbito nacional cuanto menos. Marcas ya legendarias, como aquél "Coñac Español" -predecesor del actual "Peinado"- de Hijos de Juan Antonio Peinado; "Casajuana" de Valentín Casajuana;"Buendia" de Salvador Buendía; aquel "Grano de Oro" de la Viuda de José Vicente Espinosa. Aguardientes de nostálgicas marcas, "Olmedo" de José Olmedo; "Tomelloso" del vasco Antonio Arrarte; "Montañés" de Adolfo Montañés, que lograron justa fama; y el Vermouth aperitivo "Eugercios" de Santiago Eugercios o el de Marino Nieto de siempre, y que un día fueron referencia obligada de tanta ilusión comercial, hoy perpetuadas únicamente a través de las ya clásicas "Peinado" y "Casajuana" recientemente recuperado para el mercado; y la más reciente de "La Tomellosera" fundada por Miguel Abad Arroyo, lamentablemente todas en manos ajenas. Reliquias al fin, de un pasado quizá ilusorio pero ejemplar frente al futuro.
Ellas son la consecuencia de una perseverancia e inquietud comercial de aquellas jóvenes generaciones con el complemento, a su vez, de talleres especializados como el legendario Desiderio Espí que procedente de su Alcoy natal, aquí se estableció y fue pionero de técnicas capaces de convertir en realidad inquietudes siempre encaminadas hacia una mejora en los sistemas de elaboración; para ello no dudó en poner todo su saber al servicio de aquellas necesidades del sector. Una ilusión que adquiere carta de naturaleza cuando después de que ingentes cantidades de vino cuyo destino tradicional era su destilación para convertir en alcohol y holandas -elaboración aun en activo-, hoy día son destinadas a la elaboración de selectas añadas, capaces de alcanzar un nivel de aceptación óptimo en tan competitivo mercado.
Son todas, marcas que acogidas a su denominación de origen, paulatinamente van acreditando su calidad con unas perspectivas de futuro espléndidas.
He referido también trayectorias personales, tales como don Francisco Martínez, El Obrero, personaje cuya intuición comercial unida a la intelectual e incluso la política, le permitió dotar a su pueblo de ciertas infraestructuras comerciales e intelectuales, y algunas otras que pese a su ilusión se quedaron por el camino. Por razones que se me escapan, considero que fue una inteligencia poco aprovechada por aquellos que en momentos cruciales de la historia local, no supieron o no quisieron apoyarle en su interés por la modernización agrícola de su querido pueblo. No fue así; y cuando abandonado de todos falleció, su pueblo, su querido Tomelloso, no había comenzado aún la anhelada renovación, aquella que venturosamente llegó algún tiempo después.
Otro personaje, don Pablo Camacho Alcarazo, un adelantado de su tiempo que desde su Manzanares natal hasta aquí llego, y aquí se afincó... Dio vida a empresas y creó su propia casa de banca, predecesora del actual BBVA. Su intuición mercantil e industrial, puesta al servicio del pueblo, le llevó a colaborar eficazmente en el encauzamiento comercial de la laboriosa población.
Y como no sólo de pan vive el hombre…, la ya señera figura de Francisco García Pavón se complementa con la de don Gregorio Arrieta aquel onubense de Nerva, "la villa gentil...", que fue vecino nuestro durante un tiempo, y se nos fue a morir a Toledo:
Y después vendrá la muerte.
Será un día no esperado.
Las cosas a medio hacer
se quedarán...,ya angustiados
mis ojos verán deshechos
tantos anhelos soñados...
Ellos fueron estímulo por las bellas letras de Eladio Cabañero, Paco Adrados, Ángel López Martínez, Nicolás Palacios, Juan Torres Grueso, nexo que enlaza con Félix Grande, José López Martínez y tantos otros que anónimos, son el ejemplo a seguir por las nuevas generaciones, esas que junto al trabajo diario mantienen enhiesta la ilusión artística o literaria que es, a su vez, garantía de continuidad.
Y un recuerdo emocionado, ¡cómo no! Para aquellas mujeres compañeras de vientos y soles, que a la sombra del carro y sobre la besana amamantaron sus hijos, y a través de su leche -fuente de vida- les inculcaron su amor al terruño, al trabajo y a la obra bien hecha.
Y también a aquellas jóvenes terreras de una época no tan lejana, colaboradoras necesarias de artesanales pozos y cuevas -metro subterráneo o catacumbas-, en las que durante un tiempo se fomentó la base económica y comercial del pueblo, hoy gran ciudad; a la que admirado, un lejano día el escritor Víctor de la Serna en épica inspiración poética y evocando a la antigua Grecia, elevó a heroica al equipararla con la milenaria Atenas, y considerarla como "la Atenas de La Mancha".
No sería justo olvidar a aquellos que anónimos, supieron ir encauzando con su enseñanza a una juventud que desde la cruda realidad del terruño, también fue capaz de restar tiempo al descanso y así tratar de obtener su mejora intelectual a través del estudio. Homenaje pues, a aquellos maestros pioneros que convirtiendo en realidad el dicho de que "La letra con sangre entra" no dudaron, en su intento por sacar de la incultura a generaciones de jóvenes en aplicar técnicas hoy día en desuso, pero que en su momento sirvieron para modelar a una juventud que en aquellos momentos acusaba la "carencia de modelos paisanos, inmadura y plena de vitalidad sin encauzar", que en su día denunciara nuestro García Pavón. Labor que reiniciada después de la posguerra por aquellas promociones de jóvenes maestros, que recién incorporados a la docencia, aportaron nuevas normas de actuación capaces de conseguir un comienzo cultural en progresión constante. Sus frutos quedan reflejados en la esplendente realidad actual. Se confirma así el afán de superación del pueblo joven, cuya evolución es notoria, que sin olvidar su origen primigenio cultiva inquietudes intelectuales y artísticas, confirmando una vez más que en nuestro entorno, no todo son cepas y vino.
A todos sus hijos les cabe el honor, cada cual desde su parcela, de haber dado forma a esa “Geometría de albura” que proclamara plenamente enamorada, aquella Eva Cervantes de nuestros años juveniles, en su canto a Tomelloso, cuando afirma convencida que:
... Dulcinea en Tomelloso
es un nardo de linaje
que ni se mancha de tierra
ni se dobla de pesares.
Tomelloso..., Tomelloso...,
Tomillo sin tomillares
luna blanca y molinera;
cuchillo blanco de cales(...)
Para en su evocación final exclamar emocionada:
¡A qué infinito me lleva
de estrofas inacabables...!
¡Qué alcándara para sueños!
¡Qué llanura sin cerrarse!
Al punto que la entrañable Eva, impresionada por la fuerza vital del pueblo joven, asegura sin ambages.
Si llegué a ti siendo Eva
salí de ti hecha Cervantes.