CONTEMPORÁNEO del antiguo Teatro de Álvarez, antecesor del Teatro Principal, aquel bonito coliseo instalado al fondo del pasadizo de la calle Toledo, hoy convertido en centro comercial, ambos junto al Hogar del Productor y el Casino de San Fernando, la Plaza de España y la calle de don Víctor hasta la Plaza de San Francisco de Tomelloso, formaban “... el círculo espiritual de la villa”. Bonita definición de don Francisco Martínez Ramírez [El Obrero], a comienzos del pasado siglo.
Del teatro-cine Cervantes cabe decir que durante muchos años fue faro y guía de generaciones de jóvenes y mayores, cuya evasión giraba en derredor del vetusto coliseo. Por él desfilaron los mejores espectáculos de la época; teatro, variedades, revistas, musicales; flamenco, mucho flamenco... y cine en abundancia. Infinidad de películas que los críos y no tan críos, disfrutábamos con el lógico deleite.
También conferencias, capaces de completar todo el aforo dada la calidad de los conferenciantes. Conferencias, que alternando con el Hogar del Productor, los domingos por la mañana tenían por sí mismas la suficiente capacidad de convocatoria para aglutinar a una juventud que ansiosa por saber, después de Misa de 12 no dudaba en acudir a escuchar a oradores de cualificada calidad, tales que Álvaro de Laiglesia, Camilo José Cela, Gregorio Corrochano, Antonio Díaz-Cañabate, Felipe Sassone... Pléyade literaria, a la que de forma indeleble quedarían unidos aquellos embajadores hispanoamericanos que tanto nos deleitaban con la exposición colorista de sus lejanas tierras.
Todo, en su conjunto, es fiel exponente del interés cultural del pueblo joven que luego de la dura jornada semanal, no dudaba en someterse al influjo de la palabra en el convencimiento de que a través de ella pudiera llegarle la inspiración; que al margen del trabajo diario le facilitara el camino hacia otras inquietudes artísticas o literarias. Semilla bien sembrada, por tanto, que en su momento germinó con resultados notorios entre las gentes de nuestro pueblo.
También, siempre en temporada de otoño-invierno, se daban cita los mejores espectáculos flamencos; y en él nos deleitaron con su buen hacer Pepe Marchena, Juanito Varea, Manolo Vallejo, Jacinto Almadén, Manolo Caracol, Juanito Valderrama, Pepe Pinto y Pastora Pavón, que junto a Juanita Reina y Caracolillo, Antoñita Moreno, La Niña de la Puebla y el bueno de Luquitas de Marchena junto a Adelfa Soto, la hija de ambos; Marifé de Triana, Lola Flores, La Paquera de Jerez y tantos que harían la lista interminable. Ellos, junto a los mejores guitarristas de su tiempo, encabezados por derecho propio por Ramón Montoya o el Niño Ricardo, dieron espléndidas noches de gloria, propicias para la evocación.
Inenarrable, también, el éxito obtenido cuando la presentación de Antonio Machín que con su orquesta dentro del propio escenario, novedosa por entonces, confirmó la calidad artística de que venía precedido. Muy importante también, fue la presentación de Irma Vila y su Mariachi, Jorge Negrete y el Trío Calaveras. En fin.
Al evocar aquel cine-teatro, bonito mientras duró, resulta obligado reconocerle su función, docente en cierto modo, ya que mientras estuvo abierto fue válvula de escape a través de la cual la juventud de una época dio rienda suelta a sus preferencias. Se fomentaron inquietudes: Teatro, Zarzuela, Flamenco, Literatura... Por él desfilaron, aparte los profesionales de una época, aficionados locales que como expresión de una inquietud, no dudaban en prestar su colaboración en festivales benéficos, bien zarzuela, flamenco, teatro o musical, con actuaciones propicias para que con algo de suerte algún valor local hubiera obtenido un hueco relevante en el apasionante mundo de Talía.
El Divino Impaciente, de José María Pemán y La Muralla, de Joaquín Calvo Sotelo, fueron obras insignes que marcaron en su día un hito en la línea de éxitos de nuestro viejo y querido coliseo.
al_hanbor@yahoo.es