Tomelloso

El Simio Recio

Vivencias y tribulaciones del Simio Recio en la ciudad

Mis tiempos mozos

17/05/2007

Dice el autor: “Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto”.
En mi caso, Violante me manda recrear mi adolescencia, mi paso por el instituto. O sea, cuatro años en cuatro palabras.

¿Qué queréis que os cuente? ¿Por dónde empiezo? ¿Por las horas muertas en los Pinos? ¿Por las carreras de Vespinos por la calle Lugo? ¿Por el test de Cooper? Eso era bueno. Recuerdo que una vez me hice un esguince que me libró del test de Cooper, de los montajes de gimnasia individuales, de los montajes de gimnasia colectivos, de sacar los balones al patio, de recogerlos y de ponerme el chándal durante tres meses. ¿Que si coló? Bueno, mi profesor me aprobó por lástima después de hacerme un examen teórico. De Educación Física.

Benditos profesores. Santa paciencia, ¿verdad?. Nos pasábamos la vida de botellón y suspendíamos porque el profesor nos tenía manía. Llegábamos a clase colorados como tomates y, ante cualquier pregunta, respondíamos “Asturias, patria querida”. Y nos molestábamos porque nos sacaban a dormir la mona al pasillo.

Algunos profesores podían vaticinar el futuro, ¿os acordáis?. Si te tirabas la vida estudiando te decían: “No tenga duda de que usted aprobará en Junio”. Pero, si faltabas a una clase, a una sola clase después de meses de asistencia, ellos miraban al resto de la clase y anunciaban a bombo y platillo: “El señor Tal será uno de los que suspenderán el curso en Junio”. ¿Cómo que el curso? ¿Por una clase? Es que ya no puede uno ni irse a los Pinos tranquilo…

Así es que, por evitar estas amenazas, acudíamos a clase religiosamente. Bueno, por eso y por el numerito que se montaba en casa cuando llegaba una falta. ¿Cómo lo aguantarían los que no pisaban el instituto ni locos? ¿Cómo soportarían el vocerío de la madre un mes tras otro? ¿Con tapones?

Lo dicho. Íbamos a clase. Sobre todo a los exámenes, que aparecía por allí gente que llevabas sin ver todo el curso. Y era la única clase del trimestre en la que llegaba el profesor y nos pillaba sentados, ¿a que sí?. ¿Os acordáis de la cara que se les quedaba algunas veces? Primero les extrañaba tanta paz, luego les mosqueaba que en las mesas hubiese folios en vez de paquetes de tabaco y, finalmente, se quedaban a cuadros cuando recordaban que ese día tocaba examen. Y cómo salían del atolladero, ¿eh? Preguntaban lo primero que se les ocurría, que lo mismo podía ser las consecuencias del cambio climático como la subida del Ibex 35 o el precio de un café según Zapatero. Cualquier cosa para evitar el ridículo. Y lo hacían bien, porque encima suspendíamos.

Ahora, cuando más se lucía un profesor era en los exámenes orales. Nos hacían pasar uno a uno, como al matadero, y se mostraban en todo su esplendor, igual que los pavos reales. Todo para dejar bien clarito que ellos tenían el poder de la situación. Y vaya si lo tenían: yo, con los nervios, no sabía ni mis apellidos. ¡Como para saber cuánto cuesta un café según Zapatero! Eso habiendo estudiado. Porque cuando no habías abierto el libro, el examen te daba lo mismo: “total, si me van a pillar igual”. Ahí era cuando los alumnos nos crecíamos: nos hacíamos los simpáticos. O nos superábamos: nos hacíamos los cachondos. En ese momento, el pavo real mutaba y, donde antes había un señor con chaleco y gafas, ahora había una cobra que te miraba como queriéndote tragar allí mismo. Entonces te sentenciaba: “No sé qué se piensa, señor Tal, pero si se cree que haciéndose el gracioso se a va a quedar conmigo, ahórrese el esfuerzo. Yo tengo el bolígrafo rojo, con lo que vaya sumando este suspenso a los que ya tiene, lo cual, junto con las faltas que lleva acumuladas, significan una bronca materna de las que hacen historia. Luego no diga que no le aviso. Ah, y que sea la última vez que se refiere usted a mí en clase como “oye, papá”.

Porque esa es otra: cuando tu padre era tu profesor. ¡No desconectabas nunca, todo el día viéndolo! Además, el cambio era tan drástico… De día en clase, con chaleco y corbata y tratándote de usted; de noche en el sofá, en calzoncillos y no tratándote, porque se estaba desgañitando con los goles del Madrid. Con ese espectáculo, ¿cómo se le podía tener respeto al día siguiente? Además que le decía cosas al árbitro que jamás diría un señor con chaleco y corbata…

¿Todos los profesores eran malos? No, los había muy buenos: los que no te daban clase. Esos que conocías de oídas y de alguna guardia. ¡Eran los mejores! No te examinaban, ni te mandaban nada salvo sentarte y dejar de gritar. Y dejar de fumar. Y dejar de vaciarle la mochila al tonto. Y dejar de pegarle al listo. Y dejar de escribir en las mesas. Y dejar de registrar los abrigos ajenos… Que igual no eran tan buenos, ¿no?

¿Alguno habéis tenido un profesor de los que te cambian la vida? Te influían tanto que eras capaz de abandonar tus aspiraciones por ellos. Yo tuve uno: toda mi vida queriendo ser astronauta y termino dando clase de Biología. Como él. Seguro que vosotros también habéis tenido uno de esos. ¿ Que por qué tenían tanto poder? Porque te enamorabas de ellos, tú y toda tu clase. Era entrar por la puerta y miles de corazoncitos salían disparados hacia él. O ella, según. Era como la escena aquélla de Indiana Jones, que salía una alumna con un “Te quiero” pintado en los párpados, ¿os acordáis? Pues esto era igual, pero menos cursi, más de “¡Ay, cordera, mira que estás buena!”. Y era alucinante, porque te explicaban lo que fuera y a ti te sonaba a poesía de Bécquer:

¿Qué es una derivada? Preguntas mientras clavas
tu pupila en mi pupila azul.
¿Y tú me lo preguntas? Derivada,
derivada eres tú.

Eso para los de matemáticas, los de ciencias éramos:

El monóxido de carbono es aire y va al aire.
La lluvia ácida es agua y va al mar.
Dime, mujer, cuando el planeta se va a la mierda,
¿sabes tú adónde va?

Sí, a la mierda.

¿A que sí os ha pasado esto? ¿A que os ha durado el entontine hasta la preinscripción en la Universidad, y ahora os veis en Filología Árabe y no sabéis que pintáis ahí? Claro, eso os pasa por enamoraros de un señor con chaleco y gafas.

Pero tranquilos. Ahora entraréis a la Universidad, y veréis que es un mundo completamente distinto. Los trabajos de los que tanto os habéis quejado no son nada para lo que se os viene encima. Los exámenes orales que habéis hecho serán una charlita entre amigos al lado de los tipo test que se os avecinan. No podréis faltar a clase porque tendréis que pagar por los apuntes. No podréis faltar a prácticas porque entonces sí que suspenderéis el curso. No podréis enamoraros de vuestros profesores, entre otras cosas porque se os quitarán las ganas. Pero tendréis algo mucho más valioso: conocimientos. O si no, ¿dónde vais a aprender que un café de máquina mejor que en la Facultad?

http://tomelloso.cuadernosciudadanos.net/simiorecio/2007/05/17/mis-tiempos-mozos/
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Periodismo de calle

07/04/2007

Yo veo mucho la tele local. Me gusta mantenerme informado de lo que pasa en la comarca: qué hospital inauguran esta vez, cuándo es la manifestación, qué se cuece en las fiestas del pueblo de al lado, qué se expone este fin de semana, qué ha dicho el alcalde…

Además, me gusta porque, si me lo pierdo hoy, seguro que lo veré mañana, o pasado, o al otro, o dentro de dos meses. Porque la tele local se caracteriza por tener más reposiciones que Verano Azul.

Y lo entiendo todo a la perfección, ya que los reporteros buscan siempre la opinión del pueblo llano, y el pueblo llano se explica así, llanamente.

Porque hay otra cosa que caracteriza a la tele local: se sienten irremediablemente atraídos por los más viejos del lugar. A no ser que el reportaje sea del botellón, claro. Pero si no, ahí te ves a la tercera edad local contándole al reportero lo que pasaba otras veces.

No falla. Cuantos menos dientes, más posibilidades hay de que te pare la tele local. No sé si es que la gente más joven pasa de hacer declaraciones o que los reporteros se bajan a la obra de al lado (las obras, esas fuentes inagotables de jubilados). Eso, o que los micrófonos llevan incorporado un detector magnético de dentaduras y, cuando pillan una, se pegan a ella y no se sueltan hasta que el dueño opina.

Pero menos mal que los jubilados opinan. Saben de todo, y si no saben disimulan, y si no saben disimular, te salen por los cerros de Úbeda, y si tampoco saben se hacen una cura de sinceridad y dicen: “Uh, hermoso, yo de to esas cosas es que no sé ná”.

¿Cómo saber si saldrán hoy en la tele? Fácil: estate atento a los titulares. Si ves cualquier cosa que huela a inauguración o evento, el reportaje estará garantizado. ¿Por qué? Por dos razones:

1.Porque estas cosas suelen hacerse entre semana y en horario laboral, con lo que sólo pueden ir los inaugurantes y los jubilados.
2.Porque se suelen clausurar con un vino de honor o un aperitivo. Gratis.

También suelen aparecer cuando la noticia es de sucesos, porque siempre hay alguien que conoce bien a alguno de los implicados. Y cuando le preguntan, responde: “Sí, hombre, le conozco mú bien. ¿No ves que su suegro ha vivío siempre a la otra puerta de donde vivía mi cuñao? Vaya sí, yo es que iba mucho por allí de muchacho.”

No los esperes mucho en conferencias o exposiciones de artesanía. Estos eventos son patrimonio exclusivo de sus señoras. Ni en el bingo de Navidad, porque no saben dónde han dejado las gafas de ver. Tampoco ganarán el almuerzo de vendimia, no tienen móvil.

Ellos son los que más saben del cambio climático y del calentamiento global. Siempre saldrá uno diciendo que no ha visto llover así en cincuenta años u más, o que para veranos malos los de cuando eran mozos. ¿Quién va a saber más que ellos de cuando se apedrearon las viñas en el añolhambre?

Para ellos, cualquier cuestión política se soluciona rápido (“¡Con Franco no pasaba esto!”), cualquier sistema educativo es altamente ineficaz (“¡Tanto estudiar y no sabéis ni cuánto son dos arrobas de vino!”), la economía internacional es totalmente prescindible (“¡De siempre las cuentas se han llevao debajo la boina!”), el código de circulación son tonterías del gobierno de turno (“¡Toa la vida he cruzao yo la plaza con la bicicleta y nunca ha pasao ná!”) y los avances tecnológicos son enormemente innecesarios (“¡Con la mula se echaban los surcos derechos, y no ahora con tanto trastor!”).

¿Seremos así nosotros? ¿Habrá tele local que nos entreviste? ¿Habrá papeo gratis?

http://tomelloso.cuadernosciudadanos.net/simiorecio/2007/04/07/periodismo-de-calle/
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Hombres carnavaleros

25/02/2007

El gran misterio nunca se resuelve: ¿por qué todos los hombres se disfrazan de mujeres? Dicen que, en Carnaval, uno se disfraza de lo que le gustaría ser. Por esa regla de tres, todos los hombres quieren ser mujeres, todas las mujeres quieren ser vampiresas y todos los niños de trece años quieren tener el mono de las viñas de su padre.

Porque es infalible. ¿Cuántos hombres verás en Carnaval disfrazados de hombres? Con lo sencillo que es ir de reportero de Caiga quien Caiga: el traje de la última boda, unas gafas de sol y un micrófono de papel Albal. Pero no, se complican la vida buscando tetas postizas y pelucones de la bruja Lola. ¿Por qué no disfrazarse de Rey Mago, con lo que tiene que abrigar el manto? Qué va, es mucho mejor buscar una minifalda que tape lo justo y un sujetador de puntillas.

Porque todo hombre disfrazado que se precie debe llevar minifalda. ¿No es mejor ir de novia o de señora marquesa con abrigo de pieles, que os vais a helar? ¿No os dais cuenta de que no estáis acostumbrados a lucir tanta pierna y os entra frío por lo bajo?

Y qué piernas lucen algunos… Con lo caras que te han costado las tetas, lo que se te clava el sujetador y lo que te aprieta la faja, ¿no ves que tanto sacrificio desmerece si los pelos te asoman por los agujeros de las medias de rejilla? Depílate, hombre, depílate. Y aféitate, tú que tienes buen tipo y podrías pasar por mujer si no fuera por el felpudo que llevas en la cara.

Mención aparte merece la peluca. ¿De qué sirven unas medias con minifalda, un sujetador de la 115 y unas botas de tacón si el remate del conjunto es una peluca negra? ¿De qué vamos? ¿De góticas? Imprescindible para todo hombre amante del Carnaval: una peluca rubia, muy rubia, rubísima. Muy larga. Cómprala dos semanas antes y déjasela a todos tus amigos. Así conseguirás, en tu gran día, lucir ese peinado de recién levantada que tanto os gusta.

Y sin más, ¡a la calle! ¡A divertirte y a enseñarle las bragas a la primera que se te cruce! Pero ten cuidado: recuerda que la mitad de lo que veas hoy serán mujeres con sujetadores de la 115 y pechos de silicona, melenas oxigenadas, minifaldas cortísimas y piernazas con sospechosas vellosidades. ¿Te suena?

http://tomelloso.cuadernosciudadanos.net/simiorecio/2007/02/25/hombres-carnavaleros/
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